—Estás cruzando límites —dijo Bruno, rojo de rabia—. Vuelve a tu trabajo.
Rosa no se movió.
—¿O qué? ¿Me va a despedir por defender a un señor al que humillaron injustamente?
Bruno apretó la mandíbula.
—Acabas de cavar tu propia tumba.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Rosa caminó hacia Eduardo, que aún estaba cerca con el carrito lleno. Su paso sonó fuerte en el piso encerado, como si cada pisada empujara al miedo hacia atrás.
Eduardo la observó, intrigado por la dignidad con que avanzaba.
—Señor —dijo Rosa, poniéndose a su lado—, por favor, permítame pagar sus compras.
Eduardo abrió los ojos, sorprendido.
—No, señora… no puedo aceptar eso.
—Por favor —insistió Rosa, sacando una billetera gastada del bolsillo de su uniforme—. Nadie debería pasar por lo que usted pasó hoy.
Bruno se acercó furioso, intentando recuperar el control.
—¡Rosa! ¿Qué crees que estás haciendo?
—Lo correcto —respondió ella sin mirarlo—. Algo que debió hacerse desde el inicio.
—¡No lo permitiré! —gritó Bruno—. ¡Estás despedida!
Rosa giró la cabeza hacia él con serenidad que asustaba más que cualquier insulto:
—Entonces despídame. Pero antes voy a pagar estas compras…

La gente se empezó a reunir, observando, algunos murmurando “qué lindo”, otros “qué locura”.
Eduardo miró la billetera de Rosa. Había pocas billetes, algunas monedas, una sola tarjeta. Era evidente que no le sobraba nada.
—Señora… son más de quinientos pesos —dijo Eduardo, con la voz quebrada—. Es mucho dinero.
Rosa sonrió, triste y firme:
—Sé lo que es no tener. Y sé lo que es que te humillen por eso. Si puedo evitarlo aunque sea una vez, lo haré. No se trata de dinero. Se trata de dignidad.
Amanda tragó saliva. Marcelo apretó los labios. Sandra miró al suelo, avergonzada de haber callado antes.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.