Roberto Mendoza miró su reloj suizo. Seguía marcando la hora con precisión perfecta, pero ya no medía el tiempo en dinero, sino en momentos como este.
—Bueno, socio —dijo, dándole una palmada en la espalda a Mateo—, tenemos trabajo que hacer. Los árboles no se van a plantar solos.
Y así, el millonario que una vez fue a despedir a una empleada por “irresponsable”, terminó encontrando en esa pequeña casa humilde la única estructura que le faltaba a su inmenso imperio: un corazón.
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