Roberto, por su parte, sintió una punzada de incomodidad que confundió con irritación. El olor que emanaba de la casa era una mezcla de humedad, comida frita y ese aroma rancio y dulce de la enfermedad que los hospitales intentan ocultar con desinfectante. Arrugó la nariz apenas un milímetro.
—Rodríguez —dijo él, usando su tono de voz de sala de juntas: frío, directo, sin espacio para réplicas—. Tenemos que hablar. Y no, no voy a esperar a que vuelvas a la oficina. Si es que planeabas volver.
María Elena miró hacia la calle, nerviosa, notando cómo los vecinos señalaban el Mercedes. La vergüenza tiñó su rostro.
—Por favor… no aquí afuera —susurró ella, mirando de reojo al interior de la casa como si temiera lo que él pudiera ver—. Pase, don Roberto. Pero… está todo muy desordenado. No esperaba visitas. Menos la suya.
Roberto cruzó el umbral. El cambio fue inmediato. El calor dentro de la casa era sofocante; el techo de lámina absorbía el sol de mediodía y lo irradiaba hacia abajo como un horno. No había aire acondicionado, solo un ventilador viejo en una esquina que zumbaba rítmicamente, moviendo aire caliente de un lado a otro.
El “salón” era minúsculo. Un sofá con el tapiz rasgado, una mesa llena de frascos de farmacia y papeles desordenados. Pero lo que golpeó a Roberto no fue la pobreza —él sabía que existía la pobreza, la veía en las noticias o a través de los cristales tintados de su coche—, sino la densidad de la vida humana comprimida en esos pocos metros cuadrados.
Además del bebé en brazos de María Elena, había una niña de unos cinco años sentada en el suelo, dibujando sobre un cartón de cereales abierto. Al ver al extraño hombre de traje impecable, la niña soltó el crayón y corrió a esconderse detrás de las piernas de su madre, aferrándose a la tela de sus pantalones gastados.
—Siéntese, si gusta… aunque, cuidado con el resorte del sillón —dijo María Elena, tratando de apartar una pila de ropa doblada para hacerle espacio.
Roberto permaneció de pie. No iba a sentarse. Quería decir lo que tenía que decir e irse. Quería volver a su mundo donde el aire estaba a veintiún grados constantes y olía a lavanda importada.
—María Elena —empezó, decidiendo tutearla para marcar distancia y autoridad—, tres faltas en un mes. Sin aviso previo. Sin justificación médica presentada a Recursos Humanos. Sabes cómo dirijo mi empresa. La excelencia no admite excepciones. Vine personalmente porque… —hizo una pausa, buscando una razón que no sonara tan mezquina como la realidad—, porque tu desempeño anterior había sido aceptable y quería entender por qué decidiste tirar todo por la borda.
María Elena bajó la cabeza. El bebé había dejado de llorar y ahora la miraba con ojos grandes y acuosos, chupándose el dedo.
—No tiré nada, señor. Lo juro. Necesito el trabajo. Lo necesito más que mi vida —dijo ella, con la voz temblando pero con una firmeza repentina—. Pero esta semana… esta semana ha sido el infierno.
—Todos tenemos problemas, Rodríguez —cortó Roberto, mirando su reloj. Cada minuto aquí era dinero perdido—. Pero la gente profesional los resuelve. Se organizan. Contratan ayuda.
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