*No podía dejarlo solo.*
Recordó su propia voz frente al espejo esa mañana: *”Irresponsabilidad disfrazada de drama personal”*. Recordó cómo se había quejado de una pequeña mancha de café en su escritorio la semana pasada, una mancha que María Elena había limpiado pidiendo disculpas profusas.
Miró alrededor de la habitación. Ahora, con la adrenalina bajando, notó los detalles. Había recortes de revista pegados en la pared frente a la cama del niño. Eran fotos de edificios. Rascacielos brillantes, puentes modernos, casas de lujo.
Roberto entornó los ojos. Reconoció uno de los edificios. Era la *Torre Mendoza*, su proyecto insignia, el edificio donde estaba su oficina.
—¿Por qué tiene eso ahí? —preguntó Roberto, señalando la pared.
María Elena sonrió tristemente, una sonrisa cansada pero llena de amor.
—Mateo quiere ser arquitecto. Dice que le gustan los edificios altos porque desde ahí arriba se debe ver todo limpio y tranquilo. —Ella hizo una pausa y miró a Roberto—. Él sabe quién es usted, señor. Yo le traigo las revistas de arquitectura que usted tira a la basura en la oficina. Él las recorta. Usted es… bueno, es su héroe. Dice que usted construye el futuro.
Roberto sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago. Miró al niño, que ahora dormitaba con la mascarilla puesta. Un niño que vivía en una casa que se caía a pedazos, dependiendo de una máquina defectuosa para respirar, y que soñaba con construir palacios de cristal como los de Roberto. Y él, el gran Roberto Mendoza, había venido aquí para despedir a la madre de este niño por priorizar su vida sobre el polvo de un escritorio.
La vergüenza fue tan absoluta que Roberto tuvo ganas de vomitar.
—¿Qué tiene? —preguntó Roberto, refiriéndose a la enfermedad.
—Fibrosis quística. Se complicó con una neumonía hace un mes. Por eso las faltas recientes. Los medicamentos son caros, y la electricidad para la máquina… —María Elena se detuvo, mordiéndose el labio. No quería pedir dinero. Tenía su dignidad—. Hago lo que puedo, señor. Doblo turnos limpiando en un restaurante por las noches, lavo ropa ajena los fines de semana. Pero a veces… a veces el cuerpo no me da y las máquinas fallan.
Roberto asintió lentamente. No dijo nada. No podía. Su mente, usualmente rápida y calculadora, estaba procesando demasiada información.
Salió de la habitación, volviendo a la sala donde la pequeña Sofi seguía abrazando al bebé. La niña lo miró con desconfianza. Roberto metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó su billetera.
María Elena salió detrás de él, secándose las manos en la camiseta.
—Señor Mendoza, le prometo que mañana iré. Mi vecina puede venir a vigilar a Mateo un par de horas si la máquina sigue funcionando. Recuperaré las horas, limpiaré los fines de semana si es necesario, pero por favor… no me despida. Sin el seguro médico de la empresa, no puedo conseguir los inhaladores.
Roberto la miró. Vio la desesperación cruda. Vio la fuerza de una madre que estaba sosteniendo el mundo entero sobre sus hombros mientras el mundo intentaba aplastarla.
—Nadie va a despedirte, Rodríguez —dijo él, guardando la billetera sin abrirla. Darle dinero en efectivo ahora le parecía vulgar, un insulto barato para la magnitud del problema—. Pero no vas a venir mañana.
El rostro de María Elena se descompuso.
—¿Cómo? Pero si acaba de decir…
—No vas a venir mañana porque tienes cosas más importantes que hacer —interrumpió él, abriendo la puerta de entrada. El calor exterior lo golpeó de nuevo, pero ya no le molestaba.
—Prepara las cosas del niño. Y las tuyas. Y las de tus otros hijos.
—¿Disculpe? —María Elena estaba confundida, oscilando entre el alivio y el miedo.
—Esa máquina va a volver a fallar, María Elena. Y la próxima vez yo no estaré aquí para golpearla en el lugar correcto. —Roberto se ajustó la corbata, que ahora le parecía un lazo ridículo—. Voy a hacer unas llamadas. En una hora vendrá una ambulancia privada. Trasladarán a Mateo al Hospital Central, al ala de especialistas respiratorios. El Dr. Valladares es amigo mío; es el mejor neumólogo del país. Él se hará cargo de Mateo.
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