Claudia, temblorosa, tomó una copa que le ofreció un camarero. Solo quería un sorbo para calmar los nervios y parecer que todo estaba bajo control. Pero sus manos temblaban. La copa se inclinó y un poco de vino tinto cayó sobre la camisa blanca inmaculada de Javier.
El silencio se apoderó del salón.
Javier se giró lentamente. Su sonrisa desapareció y sus ojos se endurecieron. La humillación reemplazó la ira.
—Eres una inútil —susurró con voz cortante.
Claudia tragó saliva, apenas capaz de hablar: —Lo siento… fue un accidente.
Él la agarró del brazo con fuerza, y ella sintió un dolor agudo. Los invitados miraban, congelados, sin atreverse a intervenir. Javier arrastró a Claudia hacia el centro del salón, como si fuera un espectáculo.
—Creo que todos deben ver el tipo de esposa que tengo —dijo, con un tono gélido.
Claudia intentó detenerlo: —Por favor, no aquí…
Pero él sacó un cinturón de cuero decorativo de un stand de caridad. Claudia se quedó paralizada. Sabía que no estaba bromeando.
Los primeros golpes resonaron en la sala como truenos. Cada impacto dejaba a Claudia más débil, doblándose sobre sí misma para proteger a su bebé. La sangre comenzó a manchar su vestido azul. Nadie se atrevía a moverse. Valeria observaba con indiferencia, tomando champagne.
Y entonces, la puerta del palacio se abrió.
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