—Trato hecho.
Un año después, Antonio celebró otro cumpleaños.
No hubo prensa. No hubo orquesta. No hubo champán. Solo una mesa pequeña en una casa nueva, más modesta, en Valle de Bravo, con vista a los árboles.
Lucía le preparó un pastel sencillo. Le puso una velita.
—Pide un deseo —le dijo.
Antonio miró el fuego tembloroso.
—Deseo… que nunca vuelva a perderme a mí mismo por construir cosas.
Lucía le apretó la mano.
—Ya no estás perdido, papá.
Antonio sopló la vela. Y por primera vez en décadas, el hombre que lo había tenido todo sintió que tenía lo único que realmente importa:
Una persona que lo reconocía… incluso cuando el mundo lo quería echar de la puerta.
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