— Papá… regresaste temprano. No deberías verme así. Por favor, no te enojes con ella.—
La voz temblorosa de Isabela Navarro, una niña de apenas ocho años, le atravesó el pecho a su padre como un cuchillo. Rodrigo Navarro, empresario inmobiliario con desarrollos en toda la Ciudad de México, Monterrey y Querétaro, con un patrimonio que superaba los ocho mil millones de pesos, acababa de entrar en silencio por la puerta trasera de su residencia en Las Lomas de Chapultepec. Eran las tres de la tarde de un martes, 19 de noviembre.
Rodrigo debía estar en Dubái supervisando la construcción de un complejo hotelero durante tres meses, pero el proyecto terminó antes de lo previsto. Quiso darle una sorpresa a su familia. Nunca imaginó que sería él quien quedaría marcado para siempre.
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