El Sr. Arthur Sterling no estaba dormido. Sus ojos estaban cerrados. Su respiración era pesada y rítmica, y su cuerpo frágil estaba hundido profundamente en el terciopelo burdeos de su sillón favorito. Para cualquiera que lo mirara, parecía un anciano cansado e inofensivo que se dejaba llevar hacia una siesta vespertina. Pero bajo sus párpados, Arthur estaba despierto.
Su mente estaba afilada, calculando y esperando. Este era un juego que Arthur jugaba a menudo. Tenía 75 años y era uno de los hombres más ricos de la ciudad. Poseía hoteles, líneas navieras y empresas tecnológicas. Tenía todo lo que un hombre podría soñar, excepto una cosa: confianza. A lo largo de los años, Arthur se había vuelto amargado.
Sus hijos rara vez lo visitaban, y cuando lo hacían, solo hablaban de su testamento. Sus socios comerciales le sonreían, pero afilaban sus cuchillos. Cuando les daba la espalda, incluso sus antiguos empleados le habían robado: cucharas de plata, dinero de su billetera, vinos raros. Arthur había llegado a creer que cada ser humano en la Tierra era codicioso.
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