En 1970, fue herido gravemente por la policía y encarcelado. Pasó más de 13 años preso, varios de ellos en condiciones extremas, hasta su liberación tras el retorno de la democracia en 1985. Lejos de elegir el silencio o el resentimiento, optó por reintegrarse al sistema político desde el Frente Amplio, una coalición de izquierda a la que se unieron los antiguos Tupamaros.
Su carrera política continuó en ascenso: fue diputado, senador, ministro de Ganadería y, finalmente, presidente de Uruguay entre 2010 y 2015. Durante su mandato, se destacó por impulsar leyes progresistas, como la regulación del mercado del cannabis, el matrimonio igualitario y la legalización del aborto, todo bajo un estilo personal que rompía con los moldes tradicionales del poder.

Mujica vivió en su modesta chacra, rechazó privilegios, donó gran parte de su sueldo y usó un viejo Volkswagen escarabajo como símbolo de que el poder no debía ser ostentoso. “No soy pobre, tengo pocas cosas porque así puedo tener más tiempo para lo que me gusta”, solía decir. Esa coherencia entre discurso y acción le valió el respeto de millones.
Crítico agudo, incluso de gobiernos cercanos, no dudó en señalar errores ajenos. Llegó a referirse a los peronistas como “patoteros” y cuestionó duramente a la dirigencia argentina durante conflictos económicos. Sin embargo, su sinceridad brutal era interpretada por muchos no como una ofensa, sino como una muestra más de su autenticidad.
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