Niña desapareció camino a escuela --- 12 años después algo en Instagram reveló la verdad.... Esta es la historia de una niña que salió de su casa para ir a la escuela una mañana de octubre y nunca llegó. Durante 12 años su familia buscó respuestas en cada rincón de la ciudad. Pegaron carteles en postes, suplicaron en programas de televisión, recorrieron hospitales y ministerios públicos sin descanso.

Estudiaba segundo de secundaria en la técnica número 47. Sacaba calificaciones promedio. Tenía dos amigas cercanas llamadas Carla y Andrea. Y como cualquier chica de su edad, en 2009 adoraba las canciones de RBD que todavía sonaban en todas las radios. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en un modesto departamento de tres habitaciones en un edificio de cinco pisos sobre avenida Montevideo.

Rosa Campos, su madre de 38 años, trabajaba como enfermera en el turno nocturno del Hospital General de la Villa. Llegaba a casa exhausta cada mañana después de 12 horas de pie, cuidando pacientes, pero siempre encontraba energía para preparar el desayuno de sus hijos antes de dejarse caer en la cama.

Javier Campos, su padre, de 42 años, era supervisor en una fábrica textil en Nacalpán. Salía de casa a las 5:30 de la mañana y regresaba después de las 7 de la noche con el cuerpo adolorido y el alma cansada. Daniel, el hermano mayor de Valeria, tenía 16 años y cursaba la preparatoria.

Era el típico adolescente con audífonos permanentemente pegados a las orejas, viviendo en su propio mundo de música y solicitudes de química. Sofía, la hermana menor, tenía apenas 9 años. Era todo lo contrario a Valeria, ruidosa, alegre, siempre brincando por el departamento como si tuviera recursos en lugar de piernas. Lo que nadie en la familia sabía, lo que nadie podía siquiera imaginar.

Era que Valeria llevaba más de un año cargando un secreto que la estaba destruyendo por dentro. Un secreto que involucraba a la persona en quien más confiaban, a quien más respetaban, al pilar emocional de toda la familia. Héctor Campos, el abuelo paterno, de 67 años en 2009, era para todos el hombre perfecto, alto, de completamente cabello blanco, peinado hacia atrás, siempre impecablemente vestido con camisas de manga larga, incluso en el calor sofocante del verano mexicano.

Héctor era un profesor de historia jubilado que había dedicado 35 años de su vida a enseñar en preparatorias públicas. Viudo desde hacía 8 años después de que su esposa Carmen falleciera de cáncer de mama. Vivía solo en un departamento en la colonia Roma Norte, a unos 40 minutos en metro desde linda vista. Para los campos, el abuelo Héctor era más que el padre de Javier.

Era el hombre sabio que contaba historias fascinantes sobre la revolución mexicana, sobre Tenochtitlán antes de la conquista, sobre héroes y villanos que habían caminado por las mismas calles que ellos transitaban cada día. Después de la muerte de su esposa, Rosa se había asegurado de invitarlo a comer todos los domingos. Los niños lo adoraban, especialmente Valeria, quien desde pequeña había mostrado una fascinación particular por las historias que él contaba.

Mi Valeria va a ser historiadora", decía Héctor con orgullo cada vez que alguien preguntaba por sus nietos. Tiene la mente de una estudiosa, solo necesita que alguien la guía correctamente. Y él se había propuesto ser esa guía. Desde que Valeria cumplió 11 años, Héctor había comenzado a llevársela los sábados a museos, al Museo Nacional de Antropología, al Templo Mayor, al Castillo de Chapultepec, al Palacio de Bellas Artes.

Excursiones culturales que Rosa y Javier agradecían profundamente porque les daba un respiro en sus complicados horarios laborales. Siempre la traía de vuelta antes de las 6 de la tarde. como puntual reloj suizo, con los ojos de la niña brillando por todo lo que había aprendido.

"¿Cómo te fue hoy, mi amor?", preguntaba Rosa cuando Valeria regresaba. "Bien, mamá. El abuelo me enseñó sobre los códices aztecas. Son increíbles. Nadie notaba que Valeria raramente elaboraba más allá de respuestas breves. Nadie percibía que su entusiasmo parecía forzado, como si recitara líneas ensayadas. Y definitivamente nadie sospechaba que esos sábados culturales habían dejado de incluir museos desde 19 hacía casi un año. Lo que realmente pasaba en esos sábados era algo que Valeria no tenía las palabras para explicar, ni siquiera

para entender completamente. Había comenzado con toques que el abuelo decía eran accidentales, después eran abrazos que duraban demasiado. Después eran las fotografías que él insistía eran arte. Los grandes pintores siempre han pintado desnudos. Mi niña, esto es cultura, esto es belleza. Valeria tenía 12 años cuando comenzó. No sabía que eso estaba mal.

Pensaba que tal vez todos los abuelos hacían eso con sus nietas favoritas. Después de todo, el abuelo Héctor era el hombre más inteligente que conocía, el hombre que toda la familia respetaba. Pero cuando cumplió 14 años, algo cambió en Valeria.

Sus amigas en la escuela hablaban de sus abuelos y nada de lo que decían se parecía a lo que el suyo hacía. Había algo en esas conversaciones que hacía que el estómago de Valeria se retorciera de una forma que no podía nombrar. Comenzó a inventar excusas para no ir los sábados con el abuelo. Tengo mucha tarea, me duele la cabeza.

Quedé de estudiar con Carla, pero Héctor era persistente. Sabía exactamente qué decir para hacerla sentir culpable. Tu abuela estaría muy decepcionada si supiera que no quieres pasar tiempo conmigo. Pensé que éramos especiales tú y yo. Nadie más te entiende como yo. Y Valeria cedió una y otra vez. Porque contradecir al abuelo era contradecir a toda la familia. era ser la niña mala que no apreciaba todo lo que él hacía por ella.

Pero en septiembre de 2009 algo se rompió definitivamente en Valeria. Había escuchado en la escuela a una trabajadora social hablar sobre abuso, sobre toques inapropiados, sobre secretos que no debían guardarse. Y cada palabra era como un espejo sostenido frente a su realidad. Eso no era amor, eso no era normal, eso era malo.....

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