“La señora”. Mateo tragó saliva. Uno de ellos llevaba una caja de herramientas y un rollo de cinta amarilla. No parecían ladrones. Parecían gente que sabía exactamente qué estaba haciendo.
El chico se pegó al muro del garaje, conteniendo la respiración.
—¿Y el sistema de alarma? —preguntó otro.
—Desactivado. La señora pagó bien. Cuando él llegue, encienda las luces y todo vuele por los aires, parecerá un accidente. Nosotros estaremos lejos.
La palabra “accidente” le golpeó la cabeza. El viento arrastró hasta allí un olor dulce, pesado, distinto a la gasolina de los coches. Gas. Mateo no sabía de válvulas ni de sistemas, pero conocía el peligro. Había visto suficiente en la calle. Había perdido a demasiada gente por cosas que “nadie vio a tiempo”.
Podía quedarse callado y seguir con su vida en la acera, fingir que no escuchó nada. O podía hacer algo.
El miedo le decía que se quedara escondido. Algo más profundo —tal vez la memoria de su madre diciéndole que no fuera cobarde— lo empujó a correr.
Salió disparado bajo la lluvia, con los charcos salpicándole los tobillos, repitiéndose una sola frase en la cabeza: “No puede entrar. Si entra, algo terrible va a pasar”.
A unas cuadras, vio cómo un auto negro se acercaba a la mansión. Faros encendidos, vidrios oscuros, una elegancia que desentonaba con la noche. Mateo se lanzó frente al capó y golpeó con las dos manos.
—¡Pare! ¡Pare, por favor!
El chofer frenó bruscamente, salió furioso y lo agarró del brazo.
—¿Estás loco, mocoso? ¿Quieres morir aplastado?
La puerta trasera se abrió. Un hombre de traje oscuro, rostro sereno y reloj brillante lo miró desde el interior. Mateo lo reconoció: lo había visto en vallas publicitarias, en revistas de la calle. Era Julián Herrera, el millonario del que todos hablaban.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó con voz fría.
Mateo temblaba, pero no retrocedió.
—No entre a la casa, señor, por favor. Escuché a unos hombres en su garaje. Su… su novia les pagó para que pareciera un accidente. Hablaron del gas, de las válvulas, de que usted iba a morir.
El chofer bufó.
—Es un chico de la calle, señor. Sabe inventarse historias para llamar la atención.
Julián miró al niño de arriba abajo. Rostro sucio, ropa empapada, ojos demasiado serios para su edad.
—¿Cómo sabes quién soy? —preguntó.
—Todo el mundo lo sabe —respondió Mateo, con la voz entrecortada—. Pero si entra, algo muy grave le va a pasar.
Hubo un segundo de silencio, pesado. Luego, el empresario suspiró, cansado.
—Sácalo de aquí —ordenó al chofer.
—¡No, por favor! —gritó Mateo, forcejeando—. ¡Le digo la verdad! ¡No entre a la casa, señor!
El portón se abrió. El auto avanzó y la reja se cerró detrás de él con un sonido seco que retumbó en el pecho del niño. Mateo cayó de rodillas en el barro, empapado, viendo cómo el coche desaparecía entre los árboles.
“Ya está”, pensó, con un nudo en la garganta. “Hice lo que pude.”
Dentro de la mansión, las luces se encendían solas mientras Julián dejaba el abrigo. Todo estaba en orden, impecable, como siempre. Sin embargo, un olor extraño flotaba en el aire, dulce y artificial.
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