En la noche de su décimo aniversario de bodas, bajo candelabros de cristal y rodeados de socios y donantes, Julián le entregó un sobre en lugar de un brindis. Dentro había papeles de divorcio. Antes de que ella pudiera reaccionar, él rodeó con un brazo a otra mujer: Lena Rivera, visiblemente embarazada, sonriendo con confianza practicada.
“Este es mi futuro”, anunció Julián con calma. “Te sugiero que cooperes.”
El salón quedó en silencio.
Isabella sintió que su mundo se tambaleaba. No solo por la traición, sino porque sabía exactamente lo que Julián estaba a punto de hacer.
En menos de cuarenta y ocho horas, todas las cuentas conjuntas fueron vaciadas. Sus accesos a plataformas financieras fueron bloqueados. Las tarjetas de crédito declinaban. La seguridad la retiró del penthouse corporativo que ella misma había ayudado a diseñar. Incluso amigos de toda la vida dejaron de contestar sus llamadas. Julián no solo la divorciaba; la estaba borrando.
Lo que Julián no sabía era el pasado de Isabella.
Antes del matrimonio, ella había pasado años desenredando fraudes financieros para empresas multinacionales. Sabía cómo los imperios ocultaban sus crímenes. Y recordaba cosas que Julián suponía que había olvidado.
Silenciosamente, Isabella accedió a un disco duro encriptado que había creado años antes como respaldo —uno que Julián nunca supo que existía. Dentro estaban registros de transacciones, transferencias a empresas fantasma, manifiestos de carga falsificados y auditorías internas que Julián había ordenado destruir.
Contrató a un prominente abogado, Miguel Cruz, creyendo que la reputación equivalía a lealtad. En días, se dio cuenta de que estaba equivocada. Llamadas retrasadas. Escritos mal presentados. Información filtrada.
Alguien estaba informando a Julián.
El estrés empeoró. Isabella colapsó en casa. Los doctores diagnosticaron preeclampsia severa. Su embarazo —y su vida— estaban en riesgo.
Esa noche, una mujer apareció en el hospital.
La madre de Julián.
Eleanor Mendoza nunca había simpatizado con Isabella. Pero mientras observaba a su hijo y a los nietos por nacer luchar por sobrevivir, su voz fue firme:
“Mi hijo ha cruzado una línea”, dijo Eleanor. “Y ya no lo protegeré.”
Mientras Isabella entraba y salía de la conciencia, Eleanor hizo una llamada.
Y lejos, un hombre llamado Noé Reyes abrió un expediente que había esperado años para revisar.
Porque Julián Mendoza no solo engañaba.
Estaba desangrando su empresa.
Y la verdad estaba a punto de salir a la luz —sin importar si Isabella sobrevivía para verla.
Pero ¿quién era Noé Reyes… y por qué Julián temía su nombre más que la cárcel?…

Noé Reyes había pasado quince años desmantelando corporaciones que se creían intocables.
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