En el norte árido de México, allí donde el viento del desierto susurra secretos que solo los solitarios pueden escuchar, vivía Diego Mendoza, un hombre envuelto en silencio y aislamiento. Su rancho se extendía por hectáreas de tierra seca, rodeado de montañas lejanas que dibujaban siluetas dentadas contra un cielo inmenso e implacable.
El sol había endurecido su piel, volviéndola oscura y curtida como cuero viejo. Su cabello negro contrastaba con unos ojos verdes, herencia de algún ancestro europeo olvidado por el tiempo. A los cuarenta años, Diego seguía siendo un enigma, incluso para sí mismo.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.