Nunca pensé que llegaría el día en que tendría miedo de mi propio hijo, y mucho menos dentro de la misma casa de campo donde lo vi dar sus primeros pasos. Me llamo Margarita Álvarez, tengo sesenta y ocho años, y esta pequeña finca de arándanos en las afueras de Asturias ha sido mi vida entera.

Mi esposo, Javier, murió hace nueve años. Antes de cerrar los ojos por última vez, me tomó la mano y me dijo:
Cuida la tierra. La tierra nunca te traicionará.

Desde entonces, yo sola me levantaba antes del amanecer, revisaba los cultivos, hablaba con los proveedores y hacía cuentas hasta altas horas de la noche. No era rica, pero la finca estaba estable. Era nuestro legado.

Todo cambió el día que Marcos, mi hijo mayor, entró a la cocina sin saludar. Su esposa, Lucía, se quedó apoyada en la puerta, observando en silencio.

—Necesito el dinero de la finca —dijo Marcos sin rodeos—. Todo.

Levanté la vista lentamente.
—¿Para qué?

—Una inversión. Lucía encontró una oportunidad online. Es segura. Vamos a multiplicar el dinero.

Sentí un nudo en el estómago. Yo había visto demasiadas promesas falsas en mi vida.
—No —respondí—. No voy a arriesgar la finca.

El rostro de Marcos cambió.
—¿Sabes qué? Ya estás vieja. No entiendes nada de negocios.

—Puede que esté vieja —dije con calma—, pero esta tierra sigue siendo mía.

Fue entonces cuando ocurrió.

Sin aviso, sin contención, me golpeó.

 

 

 

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