Nunca pensé que llegaría el día en que tendría miedo de mi propio hijo, y mucho menos dentro de la misma casa de campo donde lo vi dar sus primeros pasos. Me llamo Margarita Álvarez, tengo sesenta y ocho años, y esta pequeña finca de arándanos en las afueras de Asturias ha sido mi vida entera.

Negué con la cabeza.
—No te eché. Te solté.

Hoy, la finca sigue en pie. Yo sigo en pie. Y Marcos, poco a poco, aprende a ser un hombre sin exigir, sin golpear, sin imponer.

Aprendí tarde, pero aprendí bien:

Una madre puede amar sin permitir abusos.
Una mujer mayor no es débil.
Y la dignidad, cuando se recupera, no vuelve a perderse jamás.

Esa noche, al cerrar los ojos, no sentí miedo.

Sentí paz.

 

 

ver continúa en la página siguiente

 

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.