Olivia Mitchell entró al patio de entrenamiento con una playera deslavada, una mochila gastada y el cabello amarrado bajo, como si fuera una trabajadora de logística que se metió donde no debía. Las carcajadas estallaron.

—¿Ya reclutan voluntarias de “backstage”? —soltó alguien.

El capitán Harrow, una montaña con voz de trueno, la miró de arriba abajo como si ya hubiera decidido romperla el primer día.

—¿Cuál es tu asunto? —le ladró. —Soy cadete, señor —respondió ella, sin titubear. —Entonces ponte en fila. Y no me hagas perder el tiempo.

En el comedor, Olivia se sentó sola, en una esquina. No buscaba amigos. No buscaba aprobación. Pero eso, en un lugar lleno de egos, es como echar gasolina al fuego. Derek, con corte militar y sonrisa de abusivo, se plantó frente a su mesa.

—Esto no es comedor comunitario, “niña perdida”. ¿No venías a lavar platos?

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