Olivia Mitchell entró al patio de entrenamiento con una playera deslavada, una mochila gastada y el cabello amarrado bajo, como si fuera una trabajadora de logística que se metió donde no debía. Las carcajadas estallaron.

La risa rebotó en las paredes. Derek golpeó su charola y le manchó la playera de puré, esperando un grito, una lágrima, cualquier cosa que la hiciera “ganable”. Olivia se limpió despacio con una servilleta… y siguió comiendo. Como si él no existiera. El campamento entero sintió el golpe al ego.

Después vinieron los entrenamientos: lagartijas hasta temblar, sprints bajo el sol, lodo pegándose a las botas. Y aun así, Olivia no se quebraba. Su problema era otro: las agujetas viejas que se zafaban a cada rato. Lance, el “golden boy”, la alcanzó corriendo.

—¡Eh, tiendita de segunda! —gritó para que todos lo oyeran—. ¿Tus zapatos ya se rindieron o tú?

Olivia se agachó, amarró las agujetas con dedos rápidos… y se levantó. Lance la empujó con el hombro. Ella cayó de lleno al lodo. Risas. Silbidos. Aplausos, como si fuera un show.

—¿Te apuntaste para limpiar el piso o para ser nuestro costal? —se burló Lance. Olivia se levantó, se limpió las manos… y siguió corriendo. Sin decir una sola palabra. Ese silencio empezó a incomodar.

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