Esa misma tarde, llegó el ejercicio de desarmar un M4. Dos minutos. La mayoría batalló. Lance terminó presumiendo. Luego Olivia dio un paso al frente. No se apresuró. No tembló. Sus manos se movieron como si ya hubiera hecho eso mil veces.
Cincuenta y dos segundos.
El instructor se quedó viendo el cronómetro, luego a ella, como si algo no cuadrara. —Mitchell… ¿dónde aprendiste eso? —Práctica —dijo ella, y se hizo a un lado. Los rumores nacieron ahí.
Pero el golpe final vino en el simulacro de combate, frente a todos. Olivia quedó emparejada con Lance. Él sonrió como quien ya ganó. Antes del silbato, la agarró del cuello de la playera y la estampó contra la pared. La tela se rasgó de un tirón y dejó su espalda al descubierto.
Las risas explotaron… hasta que alguien vio el tatuaje. Una víbora negra enroscada, junto a un cráneo quebrado. El coronel veterano que observaba desde lejos se quedó pálido. Dio un paso al frente, con la mirada clavada en esa marca.
—¿Quién te dio el derecho de portar eso? —preguntó, con la voz quebrándose. Olivia levantó la barbilla. —No lo pedí. Me lo dieron. Entrené seis años con Ghost Viper.
El patio se congeló. El coronel, un hombre que no se había inclinado ante nadie en treinta años, sintió que las piernas le fallaban. Lentamente, enderezó la espalda, llevó la mano a la sien en un saludo perfecto y mantuvo la posición mientras el sudor frío le bajaba por la frente.
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