Para el mundo, mi esposa era un ángel perfecto. Pero esa noche descubrí la verdad detrás de la fachada…Supe que vivía con un monstruo.

Llegué a casa sin avisar y escuché a mi hija de seis años suplicando detrás de una puerta cerrada. La voz quebrada, temblorosa, implorando: “Por favor, mamá, no nos lastimes. Tenemos hambre”.

Ese llanto desgarró algo dentro de mí y convirtió mi hogar en una escena de terror que jamás olvidaré. Esa noche supe que yo era el único capaz de salvarlas.

Mi pluma se detuvo sobre el contrato con un peso que no era normal. Miré mi oficina en la Ciudad de México, sus paredes de cristal reflejaban a un hombre que parecía tenerlo todo, pero que se sentía vacío: Héctor Herrera, empresario reconocido, dueño de torres y desarrollos, influyente en los despachos y los ayuntamientos. Pero todo eso desaparecía al pensar en mis hijos, en Ava y Lucas.

Las fotografías sobre mi escritorio me observaban en silencio. Rebecca, mi primera esposa, con su fuerza silenciosa, y Ava, riendo con un globo azul demasiado grande para sus manos. Esa risa que había desaparecido desde aquel día en que Rebecca murió dando a luz a Lucas.

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