Para el mundo, mi esposa era un ángel perfecto. Pero esa noche descubrí la verdad detrás de la fachada…Supe que vivía con un monstruo.

El duelo se escondió bajo horarios, viajes y compromisos, y entregué a mis hijos a cuidadores, y luego a Patricia Moreno, amiga de Rebecca, que parecía perfecta: elegante, paciente, maternal… o al menos eso creía. Patricia entró en nuestra vida cuando todo parecía roto, y la memoria de su amabilidad me había engañado.

Esa noche, mientras guardaba mi maletín, escuché la voz de la conciencia: ¿Cuándo fue la última vez que abrazaste a Ava? ¿Recuerdas la risa de Lucas? Mis recuerdos explotaron: Rebecca arrodillada en el jardín, promesas susurradas en el hospital, nunca los abandonaré. Algo dentro de mí gritó: no podía esperar más.

Conduje a casa a toda prisa. El corazón me latía como un tambor ensordecedor. Imaginaba a Ava corriendo a mis brazos, a Lucas estirando sus manitas. Incluso Patricia, pensé ingenuamente, debería agradecer mi regreso.

Las puertas de la finca se abrieron lentamente. Todo parecía perfecto: el césped impecable, las luces cálidas, los setos recortados. Pero el silencio me heló la sangre. No había risas, ni música, ni voces. Solo la fuente murmurando y los insectos zumbando.

Dentro, el olor a rosas no podía ocultar el vacío.

—Patricia —llamé, con voz tensa.

Silencio absoluto.

—Ava… Lucas —añadí, el miedo apretándome el pecho.

A mitad de la escalera, un sollozo me paralizó. Era Ava. Corrí hacia la puerta de la sala de juegos. La encontré sentada en el suelo, su vestido roto y manchado, abrazando a Lucas, cuyos llantos eran débiles, casi apagados….

Sobre ellos, Patricia, elegante, con su vestido rojo impecable, sostenía una botella

—Silencio —ordenó con voz fría—. Si me desobedecen de nuevo, dormirán afuera.

La leche de la botella se derramó sobre el mármol mientras Ava cerraba los ojos con desesperación, aferrándose a su hermano.

Algo dentro de mí se rompió. —¿Qué les estás haciendo a mis hijos? —grité.

Patricia se giró. Sus ojos mostraron un destello de miedo, que desapareció en una sonrisa calculada. —Héctor, me asustaste —dijo con dulzura venenosa—. Solo les enseñaba disciplina.

Di un paso hacia ellos, levantando a Lucas en mis brazos. Su pequeño cuerpo temblaba. Ava tomó mi mano sin dudar.

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