Se lo merecía.
Había trabajado toda su vida para sacarnos adelante sola, desde que papá murió.
Nunca se quejaba.
Nunca pedía nada.
Pero el taxi avanzaba…
y la ciudad empezaba a cambiar.
Las avenidas desaparecieron.
Los edificios se hicieron más bajos.
Luego ya no hubo edificios.
Solo callejones.
Casas de lámina, madera y cartón.
Charcos sucios reflejando el cielo.
Basura amontonada en las esquinas.
Niños descalzos jugando en el lodo, como si no conocieran otra cosa.
Sentí un nudo en el estómago.
Un presentimiento oscuro, difícil de explicar.
—¿Seguro que es aquí? —preguntó Miggy, mirando por la ventana con el ceño fruncido.
El chofer asintió sin voltearnos a ver.
—Aquí me dijeron.
El taxi se detuvo.
Bajamos.
El calor golpeó de frente, pesado, pegajoso.
El aire olía a drenaje y abandono.
Miré alrededor sin poder creerlo.
Nada.
Absolutamente nada se parecía a la vida que yo había imaginado para nuestra madre.
Me acerqué a una anciana sentada afuera de una casa.
Su piel estaba arrugada por el sol, sus manos temblaban ligeramente.
—Disculpe… ¿aquí vive Florencia Santillán? —pregunté.
La mujer nos observó uno por uno.
Nuestros rostros.
Nuestra ropa.
Nuestras maletas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Ustedes quiénes son? —preguntó con la voz quebrada.
—Somos sus hijos.
La anciana rompió en llanto.
—Ay, Dios mío… —sollozó— ¿por qué tardaron tanto?
Luego bajó la mirada.
Respiró hondo.
—Prepárense… —dijo— lo que van a ver no es fácil.
No esperamos más.
Corrimos.
La casa… no, el jacal, estaba a punto de caerse.
Las paredes se sostenían por costumbre.
No tenía puerta.
Solo una cortina vieja, rota, sucia.
Mela la apartó de golpe.
—¡MAMÁ!
Ahí estaba.
Nuestra madre yacía sobre un petate en el suelo.
Tan delgada que parecía desaparecer.
La piel pegada a los huesos.
Los ojos hundidos.
El cabello gris, enredado, sin fuerza.
Cuando me vio, intentó sonreír.
—Rafa… —susurró.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Algo que ya no tenía arreglo.
No había muebles.
No había comida.
No había medicinas.
Solo una lata de sardinas vacía en un rincón.
Le pregunté cuándo había comido por última vez.
—Ayer… un poco de pan —dijo en voz baja, casi con vergüenza.
Eran las dos de la tarde.
Miggy apretó los puños.
Le temblaban de rabia.
Mela lloraba sin poder detenerse.
Yo no podía respirar.
Todo mi mundo de números, planes y certezas se derrumbó en segundos.
Y en ese momento aún no lo sabíamos…
pero todo el dinero había desaparecido.
Alguien nos había engañado durante años.
Y no era un extraño.
Parte 2…
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