—Y él nunca se arregla la corbata. Así supimos que era importante.
El corazón de Sofía dio un vuelco chiquito. Encantada, sí. Pero también un poco preocupada.
—¿Y decidieron venir ustedes… antes que él?
—No antes —corrigió Valentina—. Fue porque tuvo que regresar al trabajo. Se descompuso algo de los servidores y… pues, él arregla cosas.
—Pero no queríamos que usted pensara que se le olvidó —dijo Renata, apretando los labios—. Hoy estaba emocionado. Hasta quemó los hotcakes.
—Siempre quema los hotcakes —añadió Lucía, con naturalidad—. Pero hoy fue peor.
Sofía se tapó la boca para no reír de nuevo. Esas niñas eran cautivadoras de una forma inesperada: honestas, valientes… y claramente amadas.
—Entonces… ¿convencieron a la niñera para que las trajera?
Las tres intercambiaron una mirada.
—No la convencimos —dijo Renata, con cuidado.
—Puede que le hayamos dicho que papá dijo que estaba bien… —soltó Valentina rápido—. Lo cual va a decir cuando sepa que funcionó.
Sofía arqueó una ceja.
—¿Que funcionó qué?
Lucía sonrió, mostrando un huequito entre los dientes.
—Nuestro plan para que papá no renuncie a ser feliz.
La frase le pegó suave, pero hondo.
Sofía se recostó en la silla, mirándolas. No la estaban viendo como a una extraña. La estaban viendo como si su opinión importara de verdad… como si estuvieran esperando un veredicto sobre algo muchísimo más grande que una cita.
—¿Por qué es tan importante para ustedes? —preguntó con voz dulce—. ¿Por qué todo esto?
Las trillizas guardaron silencio un segundo.
Valentina habló primero, más bajito.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.