—Porque papá ha estado triste mucho, mucho tiempo. Él cree que no lo notamos… pero sí lo notamos.
Renata bajó la mirada.
—Sonríe con nosotras. Pero cuando cree que no lo estamos viendo… se ve solo.
A Sofía se le apretó la garganta. Conocía esa mirada. Ella también la había tenido.
—Él hace todo —siguió Lucía—. Desayuno, tarea, cuentos antes de dormir… Es el mejor papá del mundo, pero nunca hace nada para él.
—La abuela dice que tiene miedo —susurró Renata.
Sofía respiró despacio.
—¿Miedo de qué?
—De que lo vuelvan a lastimar —dijo Valentina, como si fuera obvio.
Ahí estaba la pieza que faltaba.
—¿Y su mamá? —preguntó Sofía con cuidado, sin querer invadir.
—Es actriz —contestó Renata simplemente—. Muy famosa.
—La vemos en la tele a veces —dijo Valentina, sin enojo. Solo un hecho.
—Papá dice que nos quiso… pero quería más actuar —terminó Lucía—. Y la gente puede escoger. Eso dice él.
El corazón de Sofía se rompió y se reparó en el mismo instante. Tres niñas hablando del abandono con una serenidad que no era resignación… era educación emocional. Era el tipo de paz que solo da alguien que, en vez de culpar, abraza.
Renata tomó aire, con toda la decisión del mundo.
—Papá dice que nosotras somos suficientes, que no necesita a nadie… pero creemos que se equivoca. Se merece a alguien que se quede.
Lucía estiró la mano y tocó la de Sofía, chiquita y tibia.
—La tía Paola dice que usted es buena. Y que sería perfecta.
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