—Durante años —dije lentamente— me negué a rehacer mi vida porque algo dentro de mí decía que no estabas muerto.
Él tragó saliva.
—Pero también me negué a vivir del todo.
Mis palabras flotaron entre nosotros.
—No sé si puedo simplemente… volver atrás.
—No podemos —admitió él—. El tiempo no regresa.
Un tren pasó a toda velocidad, sacudiendo el aire.
—Entonces, ¿qué propones? —pregunté.
Carlos respiró hondo.
—Empezar desde cero. Como dos personas que comparten una historia… pero no una obligación.
Lo miré con incredulidad.
—¿Crees que es tan sencillo?
—No —respondió—. Creo que es casi imposible. Pero quería darte la opción. La que te robaron cuando me llevaron.
La palabra opción resonó fuerte.
Durante cuarenta años no tuve opción. Solo espera.
—¿Y si te digo que no puedo? —pregunté.
—Lo entenderé —respondió sin dudar—. Mi castigo ya fue vivir sin ti. No puedo exigir nada más.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas sinceras.
Y en ese momento entendí algo inesperado.
No estaba frente a un hombre que regresaba para reclamar su lugar.
Estaba frente a alguien que había sobrevivido… igual que yo.
—No puedo prometer nada —dije finalmente—. Pero tampoco puedo fingir que no significas nada.
Carlos asintió, conteniendo la emoción.
—Eso es más de lo que merezco.
Nos quedamos sentados en silencio un largo rato, observando la gente ir y venir. El mundo había seguido adelante sin nosotros durante cuatro décadas.
—Hay algo más —dijo de pronto.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué?
—Cada año, el día de nuestro aniversario, iba a la estación más cercana donde estuviera viviendo. Me sentaba en un banco y pensaba en ti. Era lo único que me permitían conservar… el recuerdo.
Sentí un dolor dulce en el pecho.
—Yo también —confesé—. Iba a nuestra vieja casa. Aunque ya no fuera mía.
Nos miramos.
Cuarenta años de distancia comprimidos en un instante.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.