—No sé qué será de nosotros —dije—. Pero hoy… no quiero que te vayas sin que te abrace.
Carlos se quedó inmóvil, como si no creyera lo que escuchaba.
Me acerqué lentamente.
Y lo abracé.
No fue un abrazo apasionado.
Fue un abrazo largo, tembloroso, lleno de historias no contadas.
Cuando nos separamos, ambos estábamos llorando.
—No tienes idea de lo que me pasó —había dicho.
Ahora sí tenía una idea.
Y él tampoco tenía idea de lo que fue vivir con su ausencia.
Pero estábamos ahí.
Vivos.
Y por primera vez en cuarenta años, el misterio tenía respuesta.
No sé qué pasará mañana.
Tal vez decidamos caminar juntos de nuevo.
Tal vez solo compartamos cafés y recuerdos.
Pero una cosa sé con certeza:
No me abandonó por falta de amor.
Y yo no lo esperé por debilidad.
Lo esperé porque, en algún rincón profundo de mi alma, sabía que la historia no estaba completa.
Ahora lo está.
Y aunque el tiempo nos robó la juventud, no logró robarnos la verdad.
Y a veces… eso es suficiente.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.