Los ojos de Helene se llenaron de lágrimas, pero su voz no se quebró.
“Si quieres la verdad, Iris… tendrás que dejar de ser invisible.”
Afuera, la ciudad permanecía ruidosa e indiferente.
Dentro de ese pequeño apartamento, Iris sintió algo más raro que el miedo:
Dirección.
¿Porque el hombre que intentó humillarla con un idioma que creía poseer?
Acababa de recordarle lo que había estado cargando todo este tiempo.
Una voz.
Y siete idiomas de puertas.
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