Estaba acostada en mi cama mirando el techo, pensando y una sensación horrible me llenó el pecho. Una sensación de que algo muy malo estaba pasando. Agarré mi teléfono y le marqué a mi tía Consuelo, la hermana de mi mamá. Ella siempre había sido directa conmigo. Ella no me ocultaba las cosas, o eso creía yo. Contestó al quinto timbre. Su voz sonaba somnolienta. Bueno, Camila, ¿qué pasó? Le dije, “Tía, necesito que me diga la verdad. ¿Qué está pasando con mi mamá?
¿Por qué está tan rara?” Hubo un silencio largo, demasiado largo, y luego mi tía suspiró y me dijo, “Ay, mi hija, habla con tu mamá. Yo no puedo decirte nada, habla con ella.” Y colgó. En ese momento supe que tenía que regresar. Tenía que ver con mis propios ojos qué estaba pasando, porque algo estaba muy mal. Y aunque tenía miedo de descubrirlo, tenía más miedo de no saberlo. Las siguientes semanas fueron horribles. Yo no podía concentrarme en el trabajo.
Limpiaba las casas pensando en mi mamá. Lavaba pisos imaginando qué podía estar pasando. Mis manos se movían solas, pero mi cabeza estaba a miles de kilómetros de distancia. Por las noches no podía dormir. Me quedaba despierta hasta las 4, las 5 de la mañana. dándole vueltas a todo, tratando de encontrarle sentido a las cosas. Estaba enferma mi mamá tenía algo grave y no me lo quería decir para no preocuparme. Tal vez era cáncer, tal vez diabetes avanzada, tal vez algo peor.
Pero si era enfermedad, ¿por qué los vecinos no contestaban? ¿Por qué mi tía no me decía nada? Pensé en otras posibilidades. Tal vez la casa se había dañado, tal vez había habido una inundación y mi mamá sentía vergüenza de decirme, tal vez el dinero que yo mandaba no había alcanzado para arreglarla, pero eso tampoco tenía sentido. Yo mandaba suficiente dinero. Yo siempre mandaba suficiente. Una parte de mí no quería saber la verdad. Porque cuando una siente tanto miedo de descubrir algo, es porque en el fondo ya lo sabe o al menos lo sospecha.
Había algo que mi mamá me estaba ocultando, algo grande, algo que ella no quería que yo supiera. Y lo peor de todo era pensar, ¿por qué? ¿Por qué mi propia madre me mentiría? Yo le había dado todo. Yo había dejado mi vida, mi juventud, mis sueños, todo por ella, por mi familia. Y así me pagaba, con mentiras, con secretos. Traté de convencerme de que estaba exagerando, que tal vez solo era mi imaginación, que tal vez mi mamá estaba pasando por un momento difícil y pronto me lo iba a contar, que solo necesitaba tiempo.
Pero pasaban las semanas y nada cambiaba. Cada vez que lograba hablar con ella era lo mismo. Conversaciones cortas, respuestas evasivas, esa frase repetida como mantra. No vengas todavía, hija. Un día estaba limpiando la casa de una señora en Beverly Hills, una casa enorme, llena de cosas caras. Y mientras pasaba la aspiradora, pensé, yo llevo 17 años limpiando casas ajenas para que mi familia tenga una casa propia y ni siquiera sé si esa casa todavía existe. Ese pensamiento me rompió.
Me senté en el piso de esa cocina lujosa y lloré. Lloré como no había llorado en años. Lloré por el cansancio, por el miedo, por la incertidumbre, por la sospechable de que algo estaba muy mal. La señora para la que trabajaba me encontró así. Me preguntó qué me pasaba. Yo no le pude explicar, solo le dije, “Necesito ir a México. Necesito ver a mi familia.” Ella fue muy amable. Me dijo, “Tómate el tiempo que necesites, Camila. La familia es lo primero.” Esa noche tomé la decisión.
Iba a regresar a San Miguel de Las Palmas sin avisar. Sin darle tiempo a mi mamá de prepararme otra mentira, iba a llegar y ver con mis propios ojos qué estaba pasando. Tenía miedo, mucho miedo, porque cuando una decide buscar la verdad, tiene que estar preparada para encontrarla. Y la verdad no siempre es lo que una quiere escuchar, pero ya no podía seguir viviendo con esa angustia. Necesitaba saber, aunque me doliera, aunque me destruyera, necesitaba saber. Pedías de descanso en todos mis trabajos.
Fue la primera vez en 17 años que hacía algo así. Mis jefas se sorprendieron. Una me dijo, “¿Estás segura, Camila? ¿Todo bien?” Le contesté, “Necesito ir a México. Es urgente. Saqué dinero de mis ahorros. No mucho, porque nunca tuve mucho, pero lo suficiente para el viaje. Compré un boleto de autobús de Los Ángeles a El Paso. Era más barato que el avión y además yo necesitaba tiempo para pensar, para prepararme. El autobús salió un martes por la noche.
Me subí con una maleta pequeña y mi mochila. Adentro llevaba ropa, algunos regalos que había comprado hacía meses para mi mamá y una foto vieja de mi papá. No sé por qué llevé esa foto. Tal vez porque sentía que lo necesitaba conmigo. El viaje fue largo, muchas horas mirando por la ventana, desierto, carreteras oscuras, luces de ciudades lejanas. Yo casi no dormí, solo pensaba. Pensaba en la última vez que había estado en mi pueblo hacía 17 años.
Yo era otra persona. Entonces era joven, tenía esperanza. Creía que iba a regresar pronto, que solo iba a trabajar unos años y volvería. Pero los años pasaron y yo seguía allá y mi familia seguía acá y la distancia se hizo más grande. No solo en kilómetros, en tiempo, en vida. Recordaba la casa, la casa donde crecía, pequeña, de adobe, con piso de cemento, pero era nuestra. Y yo la había arreglado con mi dinero. Yo había mandado para el piso de mosaico, para la estufa, para los muebles, para todo.
¿Cómo estaría ahora esa casa? ¿Seguiría en pie? ¿Seguiría siendo nuestro hogar? El autobús llegó a el paso en la mañana. Bajé adolorida. Me dolía el cuerpo, me dolía el alma. Caminé hasta la frontera. Crucé el puente internacional a pie. Cada paso se sentía pesado, como si estuviera caminando hacia algo irreversible. Del lado mexicano tomé otro autobús hacia Zacatecas. Más horas de camino, más paisajes conocidos, montañas, pueblos, iglesias viejas. Todo me resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.
Durante el viaje recordé una promesa que le hice a mi papá antes de que muriera. Él estaba en su cama muy enfermo, muy débil. Me agarró la mano y me dijo, “Camila, tú eres la más fuerte. Cuida a tu mamá, cuida a tus hermanos, no los dejes solos.” Y yo le prometí, le prometí que iba a cuidarlos, que no los iba a abandonar. Y cumplí esa promesa. Durante 17 años la cumplí. Trabajé, mandé dinero, sacrifiqué mi vida por ellos.
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.