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Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

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¿Y para qué? Para que me mintieran, para que me ocultaran cosas. No, no podía pensar así. Todavía no sabía qué estaba pasando. Tal vez tenía una explicación, tal vez todo tenía sentido, pero en el fondo yo sabía que no. En el fondo yo ya sabía que algo estaba roto, que algo se había perdido y que cuando llegara a mi pueblo nada iba a ser como yo esperaba. El autobús finalmente llegó a la estación de Zacatecas. De ahí tomé un camión local hacia San Miguel de Las Palmas.

Era un camión viejo de esos que van parando en cada ranchería. Yo iba sentada junto a la ventana viendo pasar el paisaje. El cielo estaba gris. Parecía que iba a llover. Cuando el camión se acercó a mi pueblo, mi corazón empezó a latir muy rápido, muy fuerte, como si quisiera salirse de mi pecho. Yo iba a descubrir la verdad. Quisiera o no, estuviera lista o no. Iba a saber qué era lo que mi mamá me había estado ocultando.

El camión me dejó en la entrada del pueblo junto a la tiendita de don Jacinto. Eran como las 6 de la tarde. El sol empezaba a esconderse, hacía frío. Bajé con mi maleta. El chóer me miró y me dijo, “Bienvenida, señorita.” Yo le di las gracias. Me quedé parada ahí un momento mirando alrededor. Todo se veía igual y a la vez todo se veía diferente. La tienda de don Jacinto seguía ahí, la iglesia, la plaza, las calles de tierra, pero había algo en el aire, algo pesado, algo que no podía explicar.

Empecé a caminar hacia mi casa. Jalaba mi maleta por la calle. Algunas personas me vieron pasar. Reconocí a la señora Lupita, que vivía cerca de la iglesia. Ella me miró fijamente. Yo le sonreí. Ella no me devolvió la sonrisa, solo agachó la cabeza y siguió caminando. Eso me extrañó. La señora Lupita siempre había sido muy amable conmigo. Cuando yo era niña, me regalaba dulces. Me preguntaba por la escuela, por qué ahora me evitaba. Seguí caminando. Más adelante vi a dos mujeres platicando frente a una casa.

Cuando me vieron, dejaron de hablar. Una de ellas le susurró algo a la otra y la otra me miró con lástima. Sí, era lástima, como si supiera algo que yo no sabía. Me acerqué a ellas. Les dije, “Buenas tardes.” Ellas contestaron, “Buenas tardes.” Pero no dijeron nada más, solo se miraron entre ellas. Una murmuró algo que no alcancé a escuchar bien, pero me pareció oír. Ay, pobre Camila, ojalá no sepa. Sentí un escalofrío. ¿Qué era lo que no debía saber?

¿De qué tenían lástima? Apreté el paso. Quería llegar ya. Quería entender qué estaba pasando. Mi casa quedaba al final de la calle principal, casi saliendo del pueblo. Era un camino que yo conocía de memoria. Lo había recorrido miles de veces de niña, de joven, antes de irme. Pero ahora, caminando por ese mismo camino, sentía que todo era distinto, como si estuviera entrando a un lugar desconocido. Y entonces la vi, mi casa, mi corazón se detuvo. La casa estaba deteriorada.

La pintura que yo había apagado hacía unos años estaba descascarada. Las ventanas se veían sucias. El jardín que mi mamá siempre mantenía limpio, estaba lleno de hierba seca. La reja estaba oxidada. ¿Qué había pasado? Yo mandaba dinero. Yo mandaba suficiente dinero para mantener la casa. ¿Por qué se veía así? Me acerqué despacio. Mis piernas temblaban. No sabía si era por el cansancio del viaje o por el miedo de lo que iba a encontrar. Llegué hasta la puerta.

Era una puerta de metal que yo había mandado poner hace años. Ahora tenía manchas de óxido. Había un candado viejo colgando. Levanté la mano. Toqué. Toc. Toc. Toc. Esperé. Escuché pasos adentro, lentos, pesados, como si la persona que venía a abrir no quisiera hacerlo. La puerta se abrió y ahí estaba ella, mi mamá. Doña Rosalía, 68 años, más delgada de lo que recordaba, más vieja, con el pelo completamente blanco, con ojeras profundas, con la mirada de alguien que no ha dormido bien en mucho tiempo.

Pero lo que más me impactó no fue su apariencia, fue su expresión. Cuando me vio parada ahí, su cara no mostró alegría, no mostró sorpresa feliz, no gritó mi nombre emocionada. Su cara mostró terror absoluto, abrió los ojos enormes, se llevó las manos a la boca y susurró con una voz quebrada, “¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste?” No dijo, “Hija, qué gusto verte.” No, dijo, “Pasa bienvenida.” No me abrazó, solo me preguntó por qué estaba ahí, como si mi presencia fuera un problema, como si yo fuera una amenaza.

Y en ese momento, todo lo que había sospechado, todo lo que había temido, se confirmó. Mi mamá me estaba ocultando algo, algo terrible, y yo acababa de llegar sin avisar a descubrirlo. Me quedé parada frente a mi mamá sin saber qué decir. Esperaba un abrazo, esperaba lágrimas de felicidad, esperaba que me dijera lo mucho que me había extrañado, pero lo único que vi fue miedo. Miedo en sus ojos, miedo en sus manos temblorosas, miedo en su voz.

Mamá”, le dije, “vengo de visita. ¿No te da gusto verme?” Ella tragó saliva, miró hacia atrás, hacia dentro de la casa, como si estuviera checando algo. Luego volvió a mirarme y dijo, “Sí, hija, claro que me da gusto. Es que me agarraste desprevenida. No esperaba, no sabía que no sabías que iba a venir. Terminé la frase por ella. Por eso no te avisé. quería darte una sorpresa. Ella intentó sonreír, pero fue una sonrisa falsa, forzada, dolorosa de ver.

¿Puedo pasar?, le pregunté. Ella dudó, literalmente dudó si dejarme entrar o no a la casa, a mi casa, a la casa que yo había mantenido durante 17 años. Finalmente se hizo a un lado. Sí, pasa. Perdón, es que la casa está algo desordenada. Entré con mi maleta y lo que vi me rompió el corazón. La sala estaba casi vacía. El sillón que yo había mandado comprar hace unos años no estaba tampoco la mesa de centro ni la televisión nueva.

Solo quedaba un sillón viejo, hundido, lleno de manchas y unas sillas de plástico. Las paredes tenían manchas de humedad. El piso que yo había pagado para que fuera de mosaico estaba sucio, sin brillo. Había cajas apiladas en una esquina y un olor extraño a encierro, a tristeza. ¿Dónde están los muebles, mamá?, pregunté. Ella cerró la puerta detrás de mí. No me miró a los ojos. Ay, hija, es que se descompusieron, ya sabes, las cosas viejas. Pero no eran viejas, le dije.

El sillón lo compramos hace 3 años. Bueno, es que tú sabes cómo son las cosas, se desgastan. Mentira. Yo sabía que era mentira, pero no dije nada todavía. Caminé hacia la cocina. Ahí estaba la estufa que yo había mandado, pero estaba sucia. No parecía que la hubieran usado en días. Abrí el refrigerador casi vacío. Solo había una botella de agua y unas tortillas viejas. ¿No has comido, mamá? Sí, he comido. Es que hoy no he ido al mercado.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

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