ADVERTISEMENT

“Señor, ese niño jugó conmigo ayer”, le dijo un pequeño al millonario frente a la tumba de su hijo. Ricardo pensó que era una mentira cruel, hasta que descubrió la desgarradora verdad que todo su dinero no pudo comprar.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

“Señor, ese niño de la foto jugó a la pelota conmigo ayer”, dijo la voz infantil, rompiendo el silencio sepulcral del cementerio.

Las palabras flotaron en el aire frío de la mañana, chocando contra la espalda de Ricardo Valente como si fueran piedras. Ricardo no se movió. Permanecía paralizado frente al monumento de mármol blanco, una estructura fría e imponente que había costado más que la casa de una familia promedio, pero que ahora solo servía para resguardar los restos de lo único que realmente le había importado: Mateo.

Hacía cuatro meses. Cuatro meses desde que el cáncer, esa bestia silenciosa llamada leucemia, se había llevado a su hijo de once años. Cuatro meses en los que Ricardo había intentado ahogar su dolor firmando contratos millonarios y construyendo rascacielos que arañaban el cielo, como si al subir más alto pudiera reclamarle a Dios por su pérdida.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT