ADVERTISEMENT

“Señor, ese niño jugó conmigo ayer”, le dijo un pequeño al millonario frente a la tumba de su hijo. Ricardo pensó que era una mentira cruel, hasta que descubrió la desgarradora verdad que todo su dinero no pudo comprar.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT

Ricardo se giró lentamente. Su traje Armani de tres mil dólares, impecable y negro, contrastaba violentamente con el niño que tenía enfrente. El chico no tendría más de once años, la misma edad que Mateo tendría ahora. Llevaba una camisa a cuadros desgastada, evidentemente de segunda mano, y unos zapatos deportivos que habían visto días mejores. Pero eran sus ojos los que desconcertaron a Ricardo: brillaban con una certeza absoluta, sin miedo ante el hombre poderoso que tenía delante.

—¿Qué has dicho? —la voz de Ricardo salió ronca, una mezcla de ira y dolor. Nadie se atrevía a hablarle así. Nadie se atrevía a interrumpir su luto.

—Dije que jugué con él —repitió el niño, señalando el retrato ovalado de Mateo incrustado en la lápida—. Se llamaba Teo. Era mi amigo. Jugábamos en el parque municipal casi todas las tardes.

El corazón de Ricardo se detuvo por un segundo, para luego comenzar a galopar desbocado en su pecho. La furia comenzó a subirle por la garganta.

—Estás mintiendo —escupió Ricardo, dando un paso amenazante hacia el chico—. Mi hijo estaba enfermo. Pasó su último año entrando y saliendo del hospital, conectado a máquinas, rodeado de enfermeras. No podía caminar sin fatigarse, mucho menos jugar en un parque sucio. ¿Quién te envía? ¿Es esto una broma de mal gusto? ¿Quieres dinero?

El niño dio un paso atrás, pero no huyó. Mantuvo la barbilla en alto, con una dignidad que desarmó momentáneamente al magnate.

—No quiero su dinero, señor. Y no miento. Teo usaba una gorra azul de los Yankees para esconder que se le caía el pelo. Decía que era su gorra de la suerte.

Ricardo sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. Esa gorra… la gorra de los Yankees había desaparecido del hospital semanas antes de que Mateo muriera. Ricardo había despedido a una enfermera pensando que la habían robado.

—Nunca corrió muy rápido —continuó el niño, con una sonrisa triste que iluminó su rostro sucio—. Se cansaba fácil. Pero insistía en ser portero. Era malísimo, señor. Dejaba pasar todos los goles. Pero se reía… se reía cada vez que le metíamos un gol. Su risa sonaba como campanas.

Ricardo se tambaleó. Tuvo que apoyarse en la lápida fría para no caer. La risa de Mateo. Hacía años que Ricardo no escuchaba esa risa genuina, esa que describía el niño. En casa, Mateo siempre estaba callado, respetuoso, “el hijo perfecto del gran empresario”, pero apagado.

—Dime la verdad —susurró Ricardo, agarrando al niño por los hombros, desesperado—. ¿Cómo sabes eso?

El niño lo miró profundamente, con una tristeza antigua en sus ojos jóvenes.

Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.

ADVERTISEMENT
ADVERTISEMENT