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“Señor, ese niño jugó conmigo ayer”, le dijo un pequeño al millonario frente a la tumba de su hijo. Ricardo pensó que era una mentira cruel, hasta que descubrió la desgarradora verdad que todo su dinero no pudo comprar.

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Ricardo sacó el viejo reloj de su bolsillo y abrió la tapa. La melodía tintineó suavemente en el aire. —¿Estás listo, Teo? —susurró al viento.

Sintió una brisa cálida rozarle la mejilla, como una caricia. El árbitro sopló el silbato. Diego pasó el balón a Andrés. Andrés chutó con debilidad, pero con el alma.

Ricardo se lanzó hacia el lado contrario a propósito, cayendo dramáticamente sobre el césped mientras el balón entraba lentamente en la portería. —¡Gol! —gritaron todos.

Andrés levantó los brazos al cielo, radiante, vivo. Y Ricardo, tirado en la hierba, mirando las nubes, supo que finalmente había construido algo que duraría para siempre. No un edificio, sino un legado de amor.

Había llegado tarde para Mateo, pero justo a tiempo para vivir. Y eso, pensó mientras Carmen le lanzaba un beso desde la grada, era la única riqueza que valía la pena acumular.

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