Aún recuerdo el silencio que se apoderó de aquella cocina. Mi hija tenía la mirada fija en mí, esperando que dijera algo, pero las palabras se me quedaron atascadas entre la garganta y el estómago.
“¿Por qué quieres que te lleve a un orfanato, mi amor?”, repetí, esta vez sin sonreír.
Bajó la mirada hacia su plato. Jugó con el tenedor un rato más antes de hablar.
“Porque mamá necesita el dinero que gastan en mí”.
¿Qué demonios estaba diciendo mi hija? ¿De dónde había sacado esa idea? Sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el pecho.
—Cariño, ¿quién te dijo eso? —pregunté, intentando mantener la calma aunque algo dentro de mí se estaba desmoronando.
—Nadie me lo dijo —respondió, sin mirarme—. Lo oí sin querer.
La conversación que una niña nunca debería haber escuchado
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