Siempre creí que el momento más difícil de mi vida sería ver a mi hermano mayor, Javier, decir “sí, acepto” a otra mujer. Crecí a su sombra, compartiendo secretos, peleas y una lealtad que yo consideraba inquebrantable. Por eso, desde el inicio de esta historia, el conflicto ya estaba ahí: no era solo una boda, era el punto exacto donde todo lo que creía seguro empezó a resquebrajarse.
La ceremonia se celebraba en una antigua finca a las afueras de Toledo. Yo había llegado temprano, como siempre, acompañada de mi esposo Álvaro, con quien llevaba ocho años casada. Mientras los invitados tomaban asiento, fui detrás del altar buscando a Javier para tranquilizarme. Fue entonces cuando los vi. Álvaro y Lucía, mi futura cuñada, estaban demasiado cerca. No era una conversación casual: sus dedos se rozaban, sus cuerpos inclinados el uno hacia el otro, las miradas cargadas de algo que no supe nombrar al principio, pero que me heló la sangre.
—¿Ves eso? —le susurré a Javier cuando por fin lo encontré, con el corazón golpeándome el pecho.
Él sonrió, despreocupado, como si yo le hubiera señalado una mancha en el mantel.
—Relájate —me dijo en voz baja—. La verdadera boda empieza después de esto.
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