—No necesito retirar nada —dijo la mujer con calma—. Solo necesito una confirmación.
Su voz no era exigente ni insegura. Tenía el tono de alguien que había aprendido, hacía muchos años, que el mundo respondía mejor a la paciencia que a la prisa, incluso cuando la paciencia costaba más de lo justo.
La recepcionista parpadeó.
—¿Confirmación de…? —preguntó.
La mujer ajustó la correa de su bolsa de tela sobre el hombro, una de esas bolsas sencillas que la gente usa para el mercado o la biblioteca, desgastada por el uso constante, no por descuido.
—De la titularidad —respondió—. De la cuenta.
El edificio en el que se encontraba no era un banco.
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