el mundo que la había abandonado, pero sobre todo una rabia contra la idea de rendirse, de darle a Ernesto la satisfacción de verla fracasar. Miró hacia la ventana rota. A través de ella podía ver las estrellas, millones de puntos de luz en el cielo negro, ese corral vacío, ese lugar maldito, ese cementerio de toros muertos, eso era ahora su reino. Y si iba a ser su reino, entonces ella iba a ser su reina de alguna manera, de la forma que fuera necesaria.
Iba a sobrevivir. Más que sobrevivir, iba a prosperar. Ninguna mujer podría hacer nada aquí. susurró en la oscuridad, repitiendo las palabras de Ernesto. Su voz ya no temblaba. Vamos a ver, Ernesto. Vamos a ver quién tiene razón. Afuera, el viento soplaba entre los establos vacíos, llevándose sus palabras hacia la noche. El corral parecía escuchar esperando. Los fantasmas de los toros muertos parecían observar, curiosos de ver si esta mujer quebrada podría hacer lo imposible. Valentina se acomodó contra la pared fría con sus hijos dormidos en sus brazos.
Mañana comenzaría la batalla, mañana enfrentaría la realidad. Pero esta noche, en la oscuridad total de ese lugar olvidado por Dios, tomó una decisión que cambiaría todo. No se rendiría. No le daría a Ernesto esa victoria. Ese corral vacío se llenaría otra vez de vida. Esos establos rotos se repararían. esa tierra florecería. No sabía cómo, no sabía cuándo, pero lo haría. Aunque tuviera que arrancar la vida de las piedras con sus propias manos, lo haría. El frío de la noche se hizo más intenso, pero Valentina ya no lo sentía.
El fuego que ardía dentro de ella era más fuerte que cualquier helada. Esa fue la noche en que murió la vieja Valentina Morales, la esposa obediente, la mujer sumisa y en su lugar nació algo nuevo, algo más duro, algo inquebrantable. Nació una guerrera. La batalla apenas comenzaba. El primer rayo de sol que se coló por la ventana rota despertó a Valentina. No había dormido más de 2 horas, pero su cuerpo estaba tenso, alerta, como si supiera que no había tiempo para descansar.
Se levantó con cuidado para no despertar a los niños y salió de la cabaña. La luz del amanecer pintaba el corral de tonos dorados y naranjas, pero ni siquiera esa belleza podía ocultar la devastación. A la luz del día, todo se veía peor. Los establos no eran solo viejos, estaban al borde del colapso total. Las cercas de madera estaban tan podridas que podría derribarlas con un empujón. El corral mismo era enorme, tal vez 2 hectáreas, pero estaba completamente vacío.
Solo tierra seca, piedras y algunos matorrales espinosos. El estómago de Valentina rugió recordándole que no habían comido nada sustancial el día anterior. Rebuscó en su bolso y encontró las galletas rancias que le quedaban. Cuatro galletas para tres personas. Tendría que hacerlas durar hasta que encontrara algo más. Agua, murmuró. Primero necesitamos agua. Ernesto había mencionado un pozo. Comenzó a explorar el terreno rodeando la cabaña. Detrás de los árboles secos encontró lo que buscaba, un pozo circular de piedra cubierto con una tapa de madera medio podrida.
Con esfuerzo logró quitarla. Dentro, a varios metros de profundidad, brillaba el reflejo del agua. El problema era cómo sacarla. No había cubeta, no había cuerda. Valentina miró a su alrededor desesperadamente. En uno de los establos encontró un balde oxidado con un agujero en el fondo. No serviría. Siguió buscando y finalmente halló una lata grande que alguna vez contuvo aceite. Estaba sucia, pero era hermética. Ahora necesitaba cuerda. Revisó cada rincón de los establos en ruinas. En el último encontró pedazos de soga vieja desilachada por el tiempo y las ratas.
Con paciencia infinita ató los pedazos uno con otro, probando cada nudo para asegurarse de que aguantara. El resultado fue una cuerda irregular de unos 10 m de largo. Ató la lata a la cuerda y la bajó al pozo. Escuchó el chapoteo cuando tocó el agua, llenó la lata y comenzó a subir. Sus brazos temblaban por el esfuerzo. La lata pesaba mucho más de lo que esperaba. A medio camino estuvo a punto de soltarla, pero apretó los dientes y siguió tirando.
Cuando finalmente la sacó, sus manos estaban en carne viva y le dolían los hombros. El agua estaba turbia con sedimentos en el fondo, pero era agua. La llevó a la cabaña donde Diego y Sofía ya habían despertado. Los ojos de los niños se iluminaron al verla. ¿Podemos tomar, mami?, preguntó Sofía con voz ronca de sed. Sí, mi amor, pero poquito. Tenemos que hacer que dure. Les dio de beber en sus manos ahuecadas. El agua sabía a tierra, pero era lo más delicioso que habían probado en horas.
Valentina bebió también sintiendo como el líquido fresco aliviaba su garganta seca. Desayunaron con una galleta cada uno. Diego miró su ración con ojos hambrientos, pero no se quejó. “¿Mami, ¿qué vamos a hacer hoy?”, preguntó con la seriedad de alguien mucho mayor que sus 8 años. Valentina lo miró. Su hijo, su bebé, se había convertido de la noche a la mañana en su compañero de batalla. Vamos a limpiar este lugar”, dijo con más confianza de la que sentía.
“Y vamos a buscar comida.” Pasaron la mañana barriendo la cabaña con una rama de árbol que hizo las veces de escoba. sacaron la basura, las telarañas, los excrementos secos de roedores. Sofía, a pesar de su corta edad, ayudaba cargando piedras pequeñas que usaron para tapar los agujeros más grandes en las paredes. Diego trabajaba sin parar, imitando cada movimiento de su madre. Cuando el sol llegó a su punto más alto, Valentina decidió explorar más allá del corral. “Quédense aquí”, les dijo a los niños.
No salgan de la cabaña. ¿Vas a buscar comida? Preguntó Diego. Voy a intentarlo. Caminó por el terreno alejándose del corral. La tierra era seca y agrietada, pero después de caminar unos 20 minutos encontró algo inesperado, un arroyo. Era apenas un hilo de agua que corría perezosamente entre piedras, pero era agua fresca y corriente. Valentina se arrodilló y bebió hasta saciarse. Siguió el curso del arroyo con la mirada y vio que a lo lejos había algunas plantas verdes.
se acercó y reconoció que élites silvestres, la misma hierba comestible que su abuela le había enseñado a identificar cuando era niña. No era mucho, pero era comida. Arrancó todas las que pudo cargar y las envolvió en su falda. De regreso a la cabaña, vio algo que la hizo detenerse en seco. Cerca de uno de los establos, medio oculto por matorrales, había un bulto grande cubierto con una lona vieja. se acercó con cautela y levantó la lona. Debajo había herramientas oxidadas, un pico, una pala, un hacha con el mango agrietado, un machete sin filo.
Eran herramientas viejas y descuidadas, pero eran herramientas. Gracias”, susurró al cielo, aunque no sabía a quién o a qué le estaba agradeciendo. Esa noche comieron quelites servidos en agua del pozo, cocidos en la única olla que tenían sobre un fuego que Valentina logró encender después de una hora de intentos. No había sal, no había aceite, solo hierbas verdes en agua caliente. Pero para tres personas que no habían comido nada sustancial en más de un día, sabía a Gloria.
Está rico, mami”, mintió Sofía, aunque sus ojitos se llenaban de lágrimas mientras tragaba la comida insípida. “Mañana será mejor”, prometió Valentina. Poco a poco todo va a mejorar. Los días siguientes establecieron una rutina brutal, pero necesaria. Valentina se levantaba antes del amanecer y caminaba hasta el arroyo para recoger quelites, berros y cualquier planta. comestible que encontrara. Diego la acompañaba aprendiendo a identificar que era comestible y que no. Sofía se quedaba en la cabaña cuidando el fuego que ahora mantenían encendido constantemente.
Con el hacha encontrada, Valentina comenzó a cortar los árboles secos para leña. El trabajo era agotador. Sus manos, que nunca habían hecho trabajo pesado, se llenaron de ampollas que reventaban y sangraban, pero siguió trabajando. Cada árbol que cortaba era una pequeña victoria. Una tarde, mientras cortaba leña cerca del camino que llevaba al corral, escuchó el traqueteo de un carro viejo acercándose. Su primer instinto fue esconderse, llevar a los niños adentro, pero se quedó quieta, el hacha en las manos, viendo como una camioneta destartalada se detenía frente al portón del vehículo bajo un hombre mayor de unos 70 años con sombrero de paja y rostro curtido por el sol.
Buenas tardes, saludó con una voz amable. Mi nombre es don Teodoro Méndez. Tengo un rancho a unos 5 km de aquí. Valentina se quedó en silencio desconfiada. El hombre notó su tensión y levantó las manos en señal de paz. Disculpe que venga así sin avisar. Es que hace semanas que veo humo saliendo de este corral. Todo el pueblo sabe que este lugar lleva 10 años abandonado. La curiosidad me pudo. Ahora vivo aquí, dijo Valentina con voz firme, aunque por dentro temblaba.
Don Teodoro asintió lentamente. Sus ojos sabios recorrieron la escena. La mujer delgada con ropa sucia y manos ensangrentadas. Los niños que se asomaban tímidamente por la puerta de la cabaña. La pila de leña recién cortada. He oído historias en el pueblo”, dijo con cuidado sobre Ernesto Salazar y su nueva vida en la ciudad. “Lamento mucho lo que le haya pasado, señora.” Valentina apretó la mandíbula. “No necesito lástima. ” No es lástima, respondió él con una sonrisa gentil.
Es respeto. Veo que es una mujer de agallas. No cualquiera sobrevive aquí. Se acercó a su camioneta y sacó una bolsa. Traje algunas cosas, frijoles, maíz. un poco de carne seca, sal para usted y sus niños. Valentina sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo. No puedo pagarle. No le estoy cobrando. En el campo nos ayudamos o nos morimos todos. Así de simple. Aceptó la bolsa con manos temblorosas. Era más comida de la que habían visto en días.
Gracias, susurró don Teodoro. Señaló hacia el corral vacío. Este lugar fue muy próspero en su tiempo. Don Jacinto, el abuelo de Ernesto, criaba Toros de Lidia, los mejores de la región. Pero después de su muerte todo se fue al demonio. La sequía, las enfermedades, la mala suerte. ¿Usted cree en la maldición?, preguntó Valentina recordando las palabras de Ernesto. El viejo ranchero se rió. No creo en maldiciones, señora. Creo en descuido y abandono. Este lugar no está maldito, solo está olvidado.
Con trabajo y dedicación, cualquier tierra puede volver a dar frutos. Esas palabras se clavaron en el corazón de Valentina como semillas de esperanza. No sé nada de toros, admitió. No sé nada de ganadería. Nadie nace sabiendo, respondió don Teodoro, pero se aprende. Y usted, señora, tiene algo que no se puede enseñar. Tiene necesidad. La necesidad hace milagros. Antes de irse, le dio un último consejo. En el pueblo, a 20 km de aquí, por ese camino, hay un mercado todos los sábados.
Si logra hacer algo para vender, ahí encontrará clientes. Y busque a doña Lucía, la de la tienda de abarrotes. Es buena mujer y siempre está dispuesta a ayudar. Cuando la camioneta se alejó, Valentina se quedó mirando la bolsa de comida en sus manos. Esa noche cenaron frijoles con tortillas que don Teodoro también había traído. El sabor de la sal, del maíz cocido, de la comida real, hizo llorar a los tres de pura felicidad. Hay gente buena en el mundo,” dijo Diego con la boca llena.
No todos son como papá. Valentina abrazó a sus hijos. Tienes razón, mi amor, y vamos a encontrar la manera de devolverle la bondad al mundo. Al día siguiente, Valentina tomó una decisión importante. Caminó los 20 km hasta el pueblo con Sofía en brazos, parte del camino y Diego aferrado a su mano. El viaje fue agotador, tres horas bajo el sol implacable, pero finalmente llegaron. El pueblo era pequeño, polvoriento, con casas de adobe y calles sin pavimentar. En la plaza principal había un puñado de puestos donde algunos vendedores ofrecían verduras, ropa usada y herramientas.
Valentina encontró la tienda de abarrotes que don Teodoro había mencionado. Doña Lucía era una mujer robusta de unos 50 años con ojos amables detrás de unos lentes gruesos. ¿En qué te puedo ayudar, mi hija?, preguntó cuando Valentina entró tímidamente. Don Teodoro Méndez me dijo que hablara con usted. Necesito trabajo. Doña Lucía la estudió por un momento. Eres la mujer del corral de los Salazar. Valentina se tensó. Era su esposa. Ya no. Ah. Doña Lucía asintió con comprensión.
Las noticias vuelan en los pueblos chicos. ¿Qué sabes hacer? Lo que sea necesario. Respondió Valentina con firmeza. Puedo limpiar, cargar, organizar. Soy buena con las cuentas y aprendo rápido. No tengo trabajo fijo para ofrecerte, dijo doña Lucía pensativa. Pero los sábados se pone pesado el mercado. Si me ayudas ese día, te puedo pagar 50 pesos y te doy comida para llevar. 50 pesos. Era una miseria, pero era dinero. Era un comienzo. Acepto. Bien. Vienes el próximo sábado temprano a las 6 de la mañana.
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