Pronto estaba produciendo 2 lros de leche de cabra al día, más de lo que ellos necesitaban. Doña Lucía le sugirió vender la leche en el mercado. La leche de cabra es muy buscada. Las mamás la compran para los niños con problemas de estómago. Te puedo dar 20 pesos por litro. 20 pesos por litro. 2 L diarios. Era 40 pesos al día, 280 a la semana, más de 1000 al mes. Sumado a su trabajo en la tienda y la venta ocasional de leña, Valentina estaba ganando casi 2000 pesos mensuales.
Por primera vez desde que llegó al corral. Tenía un ingreso estable. pudo comprar ropa nueva para los niños, no de segunda mano, sino nueva de verdad. Reparó completamente el techo de la cabaña con láminas nuevas. Compró un colchón decente, platos, ollas, una lámpara de gas para las noches. Pero Valentina no se conformaba. Cada peso que ganaba lo reinvertía. Compró cabras, luego gallinas ponedoras. Las gallinas eran un negocio brillante, comían desperdicios y maíz barato y producían huevos que se vendían bien.
Diego, con 9 años cumplidos, se había convertido en su mano derecha. Todas las mañanas recogía los huevos, alimentaba a las gallinas y ayudaba a ordeñar las cabras. Sofía, ahora con 6 años, se encargaba de recoger hierba fresca y agua del arroyo. Una tarde de sábado, mientras Valentina vendía leche y huevos en el mercado, se acercó una mujer elegante de unos 40 años. Vestía ropa cara y llevaba un bolso de marca. Contrastaba notablemente con los demás compradores. ¿Es usted, la señora del corral?, preguntó con curiosidad genuina.
Sí, señora. ¿En qué puedo ayudarla? Me llamo Patricia Sandoval. Soy dueña de una pequeña empresa de productos lácteos artesanales. He probado su leche de cabra y es excelente. ¿Ha pensado en hacer quesos? Valentina parpadeó. No, señora, no sé hacer queso. Es una lástima. El queso de cabra artesanal se vende muy bien en la ciudad. Tengo clientes que pagarían hasta 80 pesos por un queso de medio kilo. 80 pesos por queso. Con 2 L de leche podía hacer un queso.
Eso significaba cuatro veces más ganancia que vendiendo la leche directamente. ¿Usted podría enseñarme?, preguntó Valentina, su mente ya calculando posibilidades. Patricia sonrió. Podría, pero mi tiempo es valioso. Tendría que pagarme por las lecciones. ¿Cuánto? 500 pesos por una semana de capacitación intensiva, 5 días, 3 horas diarias. Valentina hizo cuentas mentales. 500 pesos era mucho dinero, casi un mes de ganancias de la leche. Pero si aprendía a hacer queso, podría multiplicar sus ingresos por cuatro. Acepto. La capacitación fue agotadora.
Patricia era una maestra exigente que no toleraba errores. Le enseñó a calentar la leche a la temperatura exacta, a agregar el cuajo en el momento preciso, a cortar la cuajada del tamaño correcto, a prensar el queso con el peso adecuado, asalarlo y curarlo. Los primeros intentos de Valentina fueron desastres. El queso quedaba muy duro o muy aguado, muy salado o insípido, pero poco a poco fue dominando el arte. Para el final de la semana estaba produciendo quesos redondos y perfectos que Patricia aprobó con un asentimiento satisfecho.
Tienes talento, admitió. Y lo más importante, tienes dedicación. Eso no se puede enseñar. Con su nuevo conocimiento, Valentina transformó su negocio. Comenzó a producir 10 quesos por semana, vendiéndolos a 50 pesos cada uno en el mercado. 500 pesos semanales solo en quesos. 2,000 al mes. Los habitantes del pueblo empezaron a hablar de ella. La mujer del corral está haciendo milagros. Decían. Viste cómo llegó hace 6 meses destruida, con nada. Y ahora mírala. Pero no todo era color de rosa.
Una mañana, Valentina despertó y encontró que tres de sus gallinas habían desaparecido. Las plumas esparcidas por el corral contaban la historia. Coyotes. Necesitaba proteger mejor a sus animales. Con parte de sus ganancias compró alambre de púas y postes de madera. Durante dos semanas trabajó de sol a sol construyendo cercas más fuertes alrededor de los gallineros. Don Teodoro vino a ayudarla enseñándole a tensar el alambre correctamente y a clavar los postes a la profundidad adecuada. “¿Estás haciendo que este lugar vuelva a vivir?”, le dijo el anciano con orgullo.
“Don Jacinto estaría orgulloso si te viera. ” La mención del abuelo de Ernesto trajo recuerdos amargos, pero Valentina los apartó. Ya no tenía tiempo para el rencor. Estaba demasiado ocupada construyendo su futuro. Con los corrales más seguros se atrevió a dar el siguiente paso. Compró cerditos de engorda por 300 pesos cada uno. Los cerdos crecían rápido y se vendían por buen dinero. En 4 meses estarían listos para la venta. El corral ya no se parecía en nada al cementerio de animales que había sido.
Ahora había vida por todas partes. Cabras brincando entre los establos reparados, gallinas cacareando en sus nuevos corrales, cerdos gruñendo satisfechos en su chiquero improvisado. Y Valentina tampoco se parecía a la mujer rota que había llegado 8 meses atrás. Su cuerpo estaba fuerte, sus brazos musculosos de tanto trabajo. Su piel estaba bronceada por el sol, su cabello más corto porque era más práctico, pero lo más notable era su mirada. Ya no había desesperación en sus ojos, solo determinación y una chispa de orgullo.
Los niños también habían florecido. Diego había crecido varios centímetros. Sus hombros se ensanchaban con el trabajo. Hablaba con confianza y ayudaba a su madre a tomar decisiones sobre el negocio. Sofía había perdido el miedo constante que la había caracterizado al principio. Ahora cantaba mientras trabajaba y soñaba con tener un caballo algún día. Una tarde, mientras contaba las ganancias del día, Valentina se dio cuenta de que tenía ahorrados 5,000 pesos. 5000 pesos en 8 meses. Era una fortuna para alguien que había llegado sin un centavo.
“Mami, ¿cuándo vamos a comprar un caballo?”, preguntó Sofía por enésima vez. Valentina sonrió. Su hija había estado obsesionada con los caballos desde que vio uno en el pueblo. Pronto, mi amor, muy pronto. Pero antes del caballo, Valentina tenía otra prioridad. La cabaña se había vuelto demasiado pequeña. Necesitaban más espacio, especialmente ahora que los niños estaban creciendo. Con ayuda de don Teodoro y algunos hombres del pueblo que contrató, Valentina comenzó la construcción de una casa pequeña pero sólida.
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