Invitó a su propia caída.
El sobre llegó a la cocina de Elodie Hart como una mina dormida. Cartulina gruesa, crema, con letras doradas que brillaban demasiado para una casa modesta. Elodie lo miró con el café enfriándose entre las manos.
Lucas Kensington y Sophia Vanderma.
Cuatro años.
Cuatro años desde aquella noche empapada por la lluvia en la que Lucas, pálido como alguien que ya se había rendido, se sentó en su viejo apartamento y le dijo, sin mirarla:
—No puedo seguir.
No era que hubiera dejado de quererla. Era peor. La quería… pero quería más no perder su vida de lujo.
Su madre, Victoria Kensington, había sido clara: o una esposa “a la altura”, o el corte total de la fortuna.
—No eres tú, Elodie —balbuceó él—. Es… mi mundo. Tenemos que ser realistas.
Elodie no rogó. No gritó. Solo abrió la puerta.
—Vete.
Esa noche se quedó con lo único que podía sostenerla: su dignidad. Aunque el corazón se le hiciera pedazos.
El golpe real llegó tres semanas después.
Las náuseas. El mareo. El test con dos líneas rosadas.
Para entonces, Lucas ya estaba en Europa, en un “viaje de sanación” que Victoria había organizado como quien encierra a alguien en una jaula con vistas bonitas. Y el número de Elodie estaba bloqueado en la mansión Kensington.
Ahora, años después, Victoria volvía a tocar su puerta.
Elodie volteó la invitación y sintió el filo.
La nota, escrita a mano, era un ataque directo:
“Pensé que deberías ver cómo se ve la felicidad de verdad. Ven. Te reservamos un asiento al fondo, por los viejos tiempos. —Victoria.”
No era una rama de olivo.
Era un puñal.
Victoria quería que la “mesera” viera a la novia rica, el vestido perfecto, la vida que supuestamente Elodie nunca mereció.
Elodie apretó la invitación… y entonces escuchó una vocecita somnolienta.
—Mami…
Leo, cuatro años, se frotaba los ojos. Detrás de él, como un espejo, Oliver.
Sus gemelos.
Los dos con el mismo cabello oscuro rizado. Los mismos ojos azules, imposibles. La misma mandíbula obstinada.
El mismo rostro de Lucas Kensington.
Elodie los miró, luego miró el sobre.
Había trabajado doble turno. Había estudiado de noche. Había criado sola a dos niños sin pedirle un centavo a nadie. Se había convertido en algo que Victoria jamás imaginó: alguien que no se quebraba.
Y ahora Victoria la llamaba al “antro del león”, esperando a un ratón tembloroso.
Elodie sintió cómo algo se endurecía dentro de ella.
Tomó el teléfono y marcó a su mejor amiga, Sarah, estilista de la élite.
—Sarah —dijo, con una calma que daba miedo—. Necesito un vestido. Y dos mini tuxedos. Vamos a una boda.
La mansión Kensington parecía un museo más que una casa. Jardines recortados como si el mundo tuviera que obedecerles. Una fila de autos de lujo en la entrada, brillando bajo el sol.
Adentro, Victoria “reinaba”.
Vestido plateado, diamantes antiguos en el cuello, copa de champán como si fuera un cetro. Sus ojos recorrían el salón con esa mirada de halcón que no busca belleza, busca control.
—¿Todo perfecto? —preguntó a una amiga socialité, Margaret, que disfrutaba la desgracia ajena casi tanto como ella.
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