Su madre cruel invitó a su ex a su boda… pero ella llegó con gemelos y los destrozó a los dos.

—Impecable —ronroneó Victoria—. Lucas se ve guapo. Y Sophia trae una dote que fusiona nuestras rutas navieras con el imperio tecnológico de su padre. Un matrimonio hecho en el cielo.

Margaret sonrió con malicia.

—¿Y el cabo suelto?

Victoria soltó una risita helada.

—La invité. Quiero que lo vea. Quiero que entienda que solo fue un reemplazo temporal. Quiero que mire su… vestidito barato y luego mire a Sophia en su Vera Wang y sepa que yo lo salvé.

En el altar, Lucas se veía impecable… y vacío. Sonreía cuando le pedían. Daba la mano cuando tocaba. Como un hombre que ya no vivía dentro de sí.

La ceremonia empezaba en diez minutos. El cuarteto de cuerdas se preparó. Los invitados se acomodaron.

Y entonces, las puertas pesadas del salón se abrieron.

No fue una entrada tímida. No fue un “disculpen”.

Fue un silencio que empezó atrás y avanzó como una ola.

Elodie Hart apareció enmarcada por la luz de la tarde.

No llevaba nada barato.

Llevaba un vestido largo de terciopelo azul medianoche, como cielo de tormenta. Hombros descubiertos. Cabello recogido con elegancia. Aretes de diamantes que destellaban como advertencia.

Regia. Peligrosa. Hermosa.

Pero no fue el vestido lo que arrancó los jadeos.

A su izquierda, una mano pequeña con un tuxedo negro perfecto.

A su derecha… otro igual.

Leo y Oliver caminaron con una seguridad que no correspondía a su edad. Miraban alrededor con curiosidad. Y sus ojos, ese azul Kensington, golpearon la sala como una verdad imposible de negar.

Victoria soltó la copa.

El cristal se estrelló contra el mármol con un sonido seco, como un disparo.

Nadie miró el charco de champán.

Todos miraron a la mujer que avanzaba por el pasillo. No como novia.

Como conquistadora.

Lucas oyó el golpe, levantó la vista… y el color se le fue del rostro.

Primero vio a Elodie, más deslumbrante de lo que la recordaba.

Luego vio a los niños.

Su nariz. Su barbilla. Esa expresión Kensington que tantos años había visto en el espejo.

Alguien susurró, horrorizado:

—Lucas… ¿esos son…?

Elodie no se detuvo para escuchar. Caminó hacia el lugar “reservado” para ella al fondo… y no se sentó.

Se detuvo a mitad del pasillo, justo frente a la familia.

Y clavó los ojos en Victoria.

La boca de Victoria se abrió y se cerró sin sonido. Su realidad perfecta empezó a romperse.

Elodie habló con una voz clara, melodiosa, lo suficientemente fuerte para llenar la sala.

—Tú me invitaste, Victoria. Me pareció de mala educación no presentarte a tus nietos.

Nietos.

La palabra cayó pesada, sofocante.

Sophia, la novia, apareció desde un costado, lista para su entrada. Se detuvo al ver a Lucas congelado, a la mujer de azul… y a los gemelos.

—Lucas… ¿quiénes son? —su voz tembló.

Lucas no respondió. Bajó del altar como quien baja de un sueño y camina hacia una pesadilla. Pasó junto a su madre, que apretaba sus perlas como si fueran un salvavidas, y se acercó a los niños.

Se arrodilló frente a ellos.

Leo ladeó la cabeza.

—Mami… ¿ese es el hombre malo?

La inocencia de la pregunta cortó más que cualquier insulto.

Elodie miró al hombre que había amado. Al hombre que la dejó sola frente al abismo porque su madre se lo ordenó.

—No, Leo —dijo suave, pero lo bastante alto para que las primeras filas lo oyeran—. No es malo. Solo es un hombre que no peleó por nosotros.

Victoria reaccionó como una víbora herida. Avanzó con tacones que sonaban agresivos en la piedra.

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