Elodie lo miró, y por primera vez vio algo distinto: un hombre que acababa de volar su propia vida por decir la verdad.
—Sábado —dijo al fin—. Parque. Diez de la mañana. Si llegas tarde, ni aparezcas.
—Llegaré a las ocho —prometió él.
Pero el sábado le pegó la realidad en la cara.
Victoria lo había congelado todo. Fondos. Cuentas. Auto. Tarjetas.
Lucas llegó al parque a las nueve y media, sudado, con tres autobuses encima, una bolsa de plástico barata en la mano y un par de camiones de juguete comprados en descuento.
Elodie ya estaba allí. Los gemelos perseguían patos cerca del agua.
Lucas se acercó, nervioso, sin el traje perfecto, sin chofer, sin nada.
Elodie vio el boleto arrugado asomando de su bolsillo.
—¿Viniste en bus?
—Sí —rió él, incómodo—. Es más ruidoso que una limusina.
—¿Por qué no manejaste?
Lucas bajó la mirada.
—Mi madre se llevó los autos. Duermo en el sofá de un amigo. El lunes tengo que buscar trabajo.
Elodie lo observó como si no supiera dónde poner esa información.
Había esperado que él usara dinero para pelear por los niños.
No había esperado que se volviera pobre para poder mirarlos sin vergüenza.
Leo corrió hacia ellos con una pluma en la mano, se detuvo al ver a Lucas y frunció el ceño.
—¿Ese es el hombre que lloraba?
Lucas se encogió.
—Sí… yo era el hombre que lloraba. Soy Lucas.
Lucas les dio la bolsa. Leo sacó los camiones baratos.
Y sonrió como si le hubieran dado oro.
—¡Ollie, mira! ¡Camiones!
En segundos, los dos estaban en la tierra haciendo ruidos de motor, felices.
Lucas sintió un nudo en la garganta.
Elodie lo miró, y dijo algo que le cayó como una sentencia al mundo que él conocía.
—Tienen cuatro años, Lucas. No les importan las etiquetas de precio. Esa es una lección que tu madre nunca aprendió.
Elodie sacó un sándwich envuelto en papel aluminio, lo partió y se lo dio.
—Come. Pareces no haber comido desde la boda.
Lucas mordió. Mantequilla de maní con mermelada. Y, por primera vez, algo simple le supo a verdad.
—¿Necesitas trabajo? —preguntó Elodie.
Lucas tragó, sorprendido.
—Tengo un título… pero mi madre me habrá vetado.
—Bien —dijo Elodie—. La vida corporativa te hizo miserable. Mi firma necesita un asistente legal. Paga poco. La jefa es exigente. Y te vas a hacer tu propio café.
Lucas la miró como si no entendiera que esa oferta era, en realidad, una segunda oportunidad con condiciones.
—Te necesito para revisar los documentos de Sophia —añadió Elodie—. Vamos a demandar a tu madre. Por daños. Por violación de privacidad. Por todo.
El fuego en el rostro de Lucas no era rabia. Era propósito.
—Estoy dentro —dijo—. ¿Cuándo empiezo?
—Lunes, ocho en punto —respondió Elodie—. No llegues tarde. Y… no desaparezcas otra vez.
—Nunca —prometió él.
Pero mientras ellos miraban a los niños jugar, un sedán negro pasó lento por la entrada del parque.
Ventanas polarizadas. Placa familiar.
Victoria no había terminado.
Y esta vez no iba por los padres.
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