—El mar no pudo conmigo. Pero ustedes… ya mataron a su propio padre.—
José Arlindo había pasado casi toda su vida creyendo que el amor, como el mar, siempre regresaba. Podía retirarse, volverse frío, incluso peligroso… pero al final, siempre volvía a la orilla. Así había amado a Lourdes durante casi sesenta años. Así había criado a sus hijos. Así había confiado en la sangre que llevaba su mismo apellido.
Nació frente al océano, en una franja de costa donde las casas se levantaban con madera salada y paciencia heredada. Antes de aprender a leer, ya sabía distinguir el sonido de una ola que traía pescado del de una que solo traía viento. El mar fue su escuela, su juez y su refugio. Nunca lo traicionó. Nunca le mintió. Nunca le prometió algo que no pudiera cumplir.
Con Lourdes aprendió el otro tipo de mareas: las del carácter humano. Ella era firme donde él era blando, silenciosa donde él hablaba de más. Durante décadas fueron uno solo. Cuando ella enfermó, José envejeció de golpe. Cuando murió, algo dentro de él se quebró sin hacer ruido. Siguió respirando, caminando, pescando… pero ya no esperaba nada.
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