Sus hijos sí.
Bruno, el mayor, hacía años que había dejado de mirar a su padre como un hombre y empezado a verlo como una variable. Para él, la casa frente al mar no era un hogar: era un activo. La lancha no era un recuerdo compartido: era capital inmovilizado. El terreno que José se negaba a vender era una oportunidad desperdiciada. Cada arruga de su padre era, en su mente, tiempo perdido.
Thago, el segundo, vivía atrapado entre la lealtad y el miedo. Veía cómo la tensión se espesaba en cada comida, en cada conversación inconclusa, pero elegía no mirar demasiado. Sabía que algo se estaba pudriendo, y también sabía que nombrarlo significaba enfrentarlo.
Carla, la menor, era la única que aún escuchaba a José. La única que se sentaba a su lado sin apuro. La única que entendía que el silencio de su padre no era vacío, sino duelo.
José lo sentía todo. Las miradas impacientes. Las frases que terminaban antes de llegar al final. Las discusiones que se detenían cuando él entraba en la habitación. Y aun así, seguía creyendo que el tiempo arreglaría lo que la ambición estaba rompiendo. Porque un padre quiere creer. Porque admitir lo contrario duele más que cualquier herida.
La propuesta del paseo en barco llegó envuelta en una falsa nostalgia. Bruno habló de homenajear a Lourdes, de recordar viejos tiempos, de salir juntos como familia. José aceptó sin dudar. El mar siempre había sido un lugar sagrado para él. Allí se sentía protegido.
El cielo estaba cubierto, extraño, como si contuviera la respiración. El motor avanzó más lejos de lo habitual. José lo notó, pero no dijo nada. Confiaba. Siempre había confiado.
Fue Bruno quien rompió el silencio.
No hubo gritos. No hubo ira visible. Solo palabras frías, medidas, calculadas. Dijo que ya era hora. Que José ya había vivido suficiente. Que la casa, la lancha, el terreno… todo eso debía pasar a manos que supieran aprovecharlo. Que aferrarse al pasado era egoísta.
José lo miró. No con rabia. No con miedo. Con una tristeza tan profunda que parecía cansancio. Intentó responder, pero el empujón llegó antes. Seco. Definitivo.
El agua estaba helada….

El impacto le robó el aire. Las olas no lo reconocieron. El mar que había sido su aliado durante toda la vida, esa tarde no hizo excepciones. Nadó por reflejo, por memoria, por pura obstinación. Escuchó un grito lejano. Vio el rostro de Carla distorsionado por el miedo. Vio a Thago paralizado. Vio el barco alejarse.
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