—¡Inútiles! —bramó Alexandre, con esa voz de barítono acostumbrada a dar órdenes y no a recibir excusas—. Les pago sueldos astronómicos para que sean la élite, ¿y ni uno solo puede detener esto?
El ingeniero jefe, Braga, un hombre encorvado por años de servicio y estrés, intentó hablar, pero su voz se quebró. El virus no solo estaba bloqueando el sistema; estaba reescribiendo el núcleo de seguridad. Era como intentar detener un tsunami con las manos.
Alexandre, desesperado y consumido por una arrogancia que era su marca registrada, se giró hacia los periodistas que habían sido convocados para lo que debía ser un lanzamiento triunfal y que ahora documentaban su ruina. Sus ojos brillaron con una idea perversa. Si iba a perder, al menos haría un espectáculo.
—¡Escuchen todos! —gritó, abriendo los brazos—. La oferta es simple. Cinco millones. En efectivo. A quien logre desbloquear este sistema ahora mismo. No me importa quién sea, no me importa si es uno de mis “brillantes” ingenieros o alguien de la calle. Cinco millones por una solución.
Hubo un silencio sepulcral. Los ejecutivos bajaron la mirada, avergonzados. Los ingenieros negaron con la cabeza; sabían que era imposible. El código estaba demasiado dañado.
Fue entonces cuando se escuchó el chirrido de un carrito de limpieza.
Desde una puerta lateral, casi invisible para los magnates de la tecnología, emergió una figura. No llevaba traje de diseñador, ni reloj inteligente, ni credencial de alto nivel. Llevaba un uniforme gris, desgastado en los codos, y empujaba un cubo de agua sucia. Pero lo que más llamaba la atención era su vientre: un embarazo de ocho meses que tensaba la tela de su ropa.
Era Aitana. La mujer que limpiaba las migajas de los sándwiches que ellos comían mientras decidían el futuro digital del continente.
Se detuvo en medio de la sala. Su presencia era tan incongruente que algunos soltaron risitas nerviosas. Alexandre la miró con desdén, buscando una víctima para descargar su frustración.
—¿Te perdiste, niña? —se burló él—. Estamos en medio de una crisis de gente grande. Vuelve a tus trapos.
Aitana no retrocedió. Apretó el mango de su carrito, respiró hondo y, con una voz suave pero que cortó el aire como una navaja, dijo:
—Yo lo intento.
La sala estalló en carcajadas. Alexandre se rió más fuerte que todos, una risa cruel, tóxica.
—¿Tú? —dijo, limpiándose una lágrima de risa—. ¿Sabes siquiera qué es un algoritmo? Te doy los cinco millones si logras siquiera encender la consola sin romperla. ¡Adelante! ¡Que empiece el circo!
Aitana dejó el carrito. Caminó hacia el terminal principal con pasos lentos, pesados por el embarazo, pero firmes. Los ingenieros se apartaron, mitad por burla, mitad por curiosidad morbosa. Ella se sentó frente al teclado. Sus manos, ásperas por el cloro y el trabajo duro, flotaron sobre las teclas un segundo.
Y entonces, ocurrió.
No empezó a teclear al azar. Sus dedos volaron. No miraba el teclado, sus ojos estaban clavados en el código rojo que corría por la pantalla. Su postura cambió; ya no era la limpiadora encorvada, era una pianista frente a su obra maestra.
El silencio en la sala pasó de la burla al asombro, y del asombro al terror puro. Braga se acercó a mirar por encima de su hombro y sus ojos se abrieron como platos.
—No está atacando el virus… —susurró el ingeniero, incrédulo—. Está retrocediendo al código fuente original. Está… está dialogando con el sistema.
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