Pero la verdad era otra:
Me amó tanto… que eligió irse solo.
Frente a su fotografía en el altar familiar, toqué el marco con los dedos temblorosos.
—¿Por qué no me lo dijiste…?
Pero él ya no podía responder.
Aquel día, cuando sostuve la tarjeta con 3,000 pesos, pensé que era una mujer abandonada.
Cinco años después, frente a su recuerdo, entendí la verdad:
Nunca estuve sola.
Fui amada… hasta el final.
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