En ese café, Marci se sentía libre. Podía ser simplemente él, sin el estigma de ser “el hijo de la señora mayor”. Pero el hecho de que su madre fuera mucho mayor que los padres de sus amigos siempre le pesaba.

Las canas de Ágnes, las arrugas junto a sus ojos cuando sonreía, su andar más lento… todo eso le causaba una vergüenza constante.
La amaba, claro que la amaba. Pero la sensibilidad cruel de la adolescencia transformaba ese amor en una carga difícil de llevar.
Y la pregunta no dicha, pero siempre presente: “¿Por qué me trajiste al mundo?”
Ese mismo día, Ágnes, sintiendo que su hijo se alejaba, decidió hacer algo especial para acercarse.
Sabía cuánto le encantaban las películas de superhéroes: mundos de coraje, acción y poder, tan diferentes a su vida tranquila.
Aunque nunca le gustaron las explosiones ni los guiones predecibles, su deseo de pasar tiempo con él era más fuerte.
“Tal vez esto nos acerque otra vez”, pensó mientras marcaba su número con dedos temblorosos.
El teléfono sonó… pero no hubo respuesta.
Suspiró. Sabía dónde buscarlo.
Fue al café.
Al entrar, el bullicio casi la hizo retroceder. Buscó entre la multitud hasta ver a Marci, riendo con sus amigos.
Se acercó despacio, con duda.
Cuando el grupo la notó, las risas cambiaron de tono — se volvieron burlonas.
— ¡Hey, Marci, tu abuela vino a buscarte! ¡No olvides tu chocolatada! — gritó Ákos con tono burlón.
El rostro de Marci enrojeció de inmediato.
— ¿Qué haces aquí? ¿No ves que estoy con mis amigos? ¡Siempre me avergüenzas! — murmuró con la voz temblorosa.
Ágnes, herida, trató de mantener la calma. Extendió la mano.
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