Tres meses después de dar a luz, mi cuerpo todavía no se había recuperado. Seguía sangrando, me mareaba con facilidad y apenas dormía más de dos horas seguidas. Aquella tarde estaba sentada en el sofá, acunando a mi hijo Mateo, cuando escuché la llave girar en la puerta. Era Álvaro, mi marido. No venía solo. Desde el pasillo percibí unos tacones firmes, seguros, que no eran los míos.
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Álvaro entró al salón sin mirarme. Su voz fue sorprendentemente tranquila, casi educada, como si estuviera anunciando algo insignificante.
—Ella se va a mudar aquí. Quiero el divorcio.
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