Mientras tanto, por redes sociales veía la “vida perfecta” de Álvaro y Lucía. Fotos en restaurantes caros, viajes improvisados, sonrisas exageradas. Lucía se había mudado a mi antigua casa y la redecoraba como si siempre hubiera sido suya. Cada imagen era un intento de provocación. Yo respondía con silencio.
Comencé a trabajar desde casa como contadora independiente. Clientes pequeños al principio, luego empresas más grandes. Mi reputación creció rápido. No tenía tiempo para el rencor, pero tampoco había olvidado. No buscaba venganza, me repetía. Solo estabilidad para mi hijo. Solo justicia.
Un día recibí una llamada inesperada. Era Álvaro. Su voz ya no sonaba segura. Me preguntó si podía verlo “para hablar”. Acepté, pero no le di explicaciones. Quedamos meses después, en un evento empresarial al que ambos asistiríamos. Yo iría como asesora financiera invitada. Él, como dueño de una empresa que empezaba a mostrar grietas.
Esa noche me miré al espejo antes de salir. Ya no era la mujer agotada del sofá. Vestía con sencillez, pero con firmeza. Mi cicatriz aún estaba allí, recordándome todo lo que había sobrevivido. Sonreí, esta vez con calma. Sabía que ese encuentro no sería casual. Sería el cierre de un ciclo.
El salón estaba lleno de luces y conversaciones elegantes. Cuando entré, varias personas se giraron a saludarme. Mi nombre ya no era desconocido. Caminé despacio, segura. Entonces lo vi. Álvaro estaba junto a Lucía, hablando con unos inversores. En cuanto levantó la vista y me reconoció, su rostro perdió todo color. Lucía tardó unos segundos más en darse cuenta… y cuando lo hizo, su sonrisa se congeló.
Me acerqué sin prisa. Álvaro tragó saliva.
—No esperaba verte aquí —murmuró.
—Yo sí —respondí con suavidad.
Lucía me miró de arriba abajo, buscando a la mujer derrotada que había expulsado de la casa. No la encontró. Intentó intervenir, pero uno de los inversores me reconoció y empezó a elogiar mi trabajo. La conversación cambió de dirección, y Álvaro quedó en segundo plano, incómodo, sudando.
Más tarde, cuando me alcanzó a solas, su voz temblaba.
—Necesito hablar contigo. Hay problemas… —dijo—. Quizá podamos llegar a un acuerdo.
Lo miré a los ojos por primera vez en meses. Vi miedo. No amor, no arrepentimiento. Miedo. Sonreí levemente y le hice la pregunta que había guardado tanto tiempo:
—¿Me extrañaste?
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