
Walter Harmon nunca imaginó que a los sesenta y dos años, tras jubilarse tras treinta y cinco años como mecánico de automóviles, se encontraría conduciendo un autobús escolar amarillo por las tranquilas calles suburbanas de Willow Glenn, Illinois. El trabajo le daba una rutina, algo que hacer cada mañana y cada tarde, y la mayoría de los días transcurrían sin nada destacable. Los niños hablaban, reían, cantaban, gritaban: el ruido habitual de un día cualquiera. Pero dos semanas después de que empezaran las clases, Walter vio a una chica nueva sentada sola cerca de la parte delantera del autobús. Se llamaba Rory Carson . Catorce años. Tranquila. Educada. Siempre sola.
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