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Un jefe de la mafia notó la muñeca rota de una criada: lo que hizo sorprendió a todos.

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Un jefe de la mafia notó la muñeca rota de una criada: lo que hizo sorprendió a todos.

La mañana en la casa de Ricardo Salvatierra empezaba siempre igual: silencio, olor a café negro recién hecho y el roce casi inaudible de los pasos del servicio, entrenado para existir sin ocupar espacio. En esa mansión de las Lomas, la regla no estaba escrita en ningún lado, pero todos la aprendían el primer día: mientras menos te noten, más larga se siente la tranquilidad.

Ricardo amaba el orden. No por manía, sino porque el orden era una forma de control. Y el control, en su mundo, era la diferencia entre respirar y caer.

Aquel martes, sin embargo, el ritmo se quebró por una cosa mínima. Una falla en el engranaje.

Ricardo cruzaba el vestíbulo cuando, por el rabillo del ojo, captó un movimiento torpe. La muchacha nueva—una empleada joven que apenas llevaba meses—se quedó inmóvil frente al tapete persa, como si un paso de más pudiera detonarle una bomba bajo los pies. Se llamaba Lía Morales, o eso decía su gafete. Tenía el uniforme impecable, el cabello recogido, la mirada baja… pero la mano derecha la sostenía de un modo extraño, demasiado pegada al cuerpo, rígida, como si no le perteneciera.

 

 

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