Para el mundo afuera, Ricardo Salvatierra siguió siendo el mismo: frío, duro, impredecible. La ciudad seguía susurrando su nombre con respeto y temor.
Pero dentro de su casa, todos supieron la verdad que no salía en noticias: el acto más sorprendente de Ricardo no dejó sangre ni titulares.
Fue mucho más silencioso.
Un día notó una muñeca rota… y decidió que en su mundo nadie volvería a estar obligado a esconder el dolor.
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