Priscila Morales.
El aire se le fue del pecho. En nueve años había imaginado mil versiones de ese reencuentro. Jamás ésta: ella bajo un puente, flaca, quemada por el sol, rodeada de miseria; él con un traje caro que parecía una ofensa en ese sitio.
Leonardo dio un paso. La piedra húmeda cedió un poco bajo su zapato. El ruido del agua pareció amplificar el silencio entre ellos.
Priscila levantó el rostro despacio… y cuando sus ojos encontraron los de él, no hubo alivio. No hubo alegría.
Hubo miedo.
Como si el pasado hubiese vuelto con dientes.
Ella apretó a las niñas contra su pecho con una fuerza que no coincidía con lo frágil de su cuerpo. Una de las pequeñas se escondió en su cuello; la otra sujetó la manga del suéter gastado con dedos manchados de tierra.
Leonardo se agachó, sin acercarse más, como si un movimiento brusco pudiera romperlas.
—Priscila… —su voz salió casi como un susurro.
Ella tembló entera. Bajó la mirada al suelo, a cualquier parte menos a él.
—No… —dijo, ronca—. No hagas esto.
Leonardo parpadeó, intentando entender. Entonces miró a las niñas con atención.
Los mismos ojos oscuros. La misma forma del puente de la nariz. La misma arruguita entre las cejas cuando se confundían.
Y el mundo se le inclinó.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó, y ni él mismo reconoció su voz.
Priscila apretó los labios. Sus dedos se clavaron en la tela como si quisieran desgarrarla.
—Ocho… —murmuró, tan bajo que casi se lo tragó el agua.
Ocho.
Leonardo sintió que algo se desmoronaba por dentro. Priscila había desaparecido hacía nueve años. Y ahí estaban: dos niñas de ocho años con su cara mirándolo desde el fondo de la pobreza.
No supo si quería gritar o llorar. Se llevó una mano a la rodilla para no perder el equilibrio.
—¿Por qué no me lo dijiste? —la pregunta le salió cargada de años—. ¿Por qué… por qué me hiciste esto?
Priscila cerró los ojos. Una lágrima rodó por su mejilla sucia, dejando un surco limpio.
—Porque… no podía —respiró, como si cada palabra le costara—. Tenía miedo.
Leonardo tragó saliva. Vio las rodillas raspadas de una de las niñas, los pies descalzos, la blusa rosa deslavada. El pecho se le apretó con rabia… pero no rabia contra ella, sino contra la escena, contra el mundo, contra el tiempo perdido.
—Miedo de qué, Priscila. ¿De mí? —dijo, sin fuerza—. ¿De que yo… las abandonara?
Ella lo miró por fin. En sus ojos no había manipulación, ni cálculo. Había vergüenza vieja, cansancio, y un tipo de dolor que se aprende en la calle.
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